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La técnica de la serigrafía se introduce en Cuba desde los Estados
Unidos hacia finales de la década del veinte, desde México, como
punto culminante de un proceso de modernización que se inició en
los primeros años del siglo con la sustitución de la litografía
por el offset y el rotograbado. Estos cambios en parte respondieron
a un nuevo espíritu consumista, que ni siquiera permitió una brecha
por la que salvar y mantener al servicio del arte, como ocurrió
más tarde, el desarrollo de aquellas técnicas desplazadas del terreno
de la publicidad comercial; rompiéndose con toda una tradición.
El
screen, como se le denominó en el pasado republicano, quedó desde
el comienzo asociado por un lado a la publicidad comercial en constante
auge y por otro a una burda propaganda en la esfera política. Pero
si bien con gran rapidez constituyó un medio al que se recurrió
ampliamente, jamás trascendió del marco del taller hogareño o de
la modesta empresa, para convertirse al "Gran Atelier". Lo anterior
se debe a que su principal fuente de encargos no provenía de las
firmas influyentes, (...), sino de la pequeña industria, de los
pequeños negociantes y de las cinematográficas que no respondían
a las poderosas transnacionales de la distribución fílmica.
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Después
de 1959 van desapareciendo las anteriores fuentes de encargo,
barridas por nuevas concepciones sociales. Todo se inclina a
favor de una difusión masiva de muy distinto signo. (...) Se
desarrollan gigantescas campañas de divulgación de la salud,
la educación y la cultura, el deporte, el ahorro de materias
primas; se moviliza a las importantes tareas que plantea la
joven Revolución. En este proceso, el cartel ocupa, en sólo
unos años, un lugar sobresaliente, que llega a reconocerse
también a escala internacional. Existen, por supuesto,
a lo largo de las décadas de los años 60 y 70, ejemplos de obras
artísticas realizadas en serigrafía por solicitud expresa de
distintas instituciones, o creadas por iniciativas de los propios
autores, pero salvo en casos aislados, la propuesta no alcanzó
un carácter sistemático. |
Eladio Rivadulla, autor del primer afiche de la Revolución,
firma un ejemplar de su reeedición en el Taller. También
aparecen Mario Calvit de Panamá y Guillermina Ramos. |
En
los años 80 se reconoce que es menester lograr para las artes plásticas
un vehículo de difusión permanente que permita un radio de acción
por encima del que aporta la obra individual. (...) la mayoría concordaba
en que era el original múltiple serigráfico el llamado a satisfacer
la perentoria demanda (...) En fin, se estaba de acuerdo en reconocer
que la serigrafía permitía enfrentar con más racionalidad la comercialización
del arte y la ambientación.
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