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Sobre
Leo
Brouwer (La Habana, 1939) se ha escrito mucho, pero nunca será
suficiente. A él se le nombra -a partir de la década
del cincuenta del siglo pasado- como el hito vivo de la guitarra
en Cuba, no sólo como instrumentista sino también,
como compositor. Brouwer se inició como guitarrista con su
padre Juan, quien fuera alumno de Guyún (Vicente González-Rubiera).
Este era sólo el comienzo para Leo, quien más tarde
recibiría clases de Isaac Nicola.
Así comenzó a jugar con la guitarra porque, como él
mismo dijera en varias ocasiones, fue "una relación
lúdica". Pronto vino la primera composición:
Preludio
(1956), donde utilizaba elementos de la llamada música popular.
Para 1959, Brouwer era enviado a estudiar al Juilliard School of
Music y al Hartford University Music Department, ambos en Estados
Unidos.
Tras un tiempo de reordenamiento y de creación para otros
instrumentos, Leo estaría listo para revolucionar la composición
guitarrística. Un ejemplo es Elogio de la Danza, pieza escrita
para guitarra. Otras referencias son Canticum,
La espiral eterna y los hiperrománticos -como los define
su autor- Concierto Elegíaco y el Concierto de Toronto; y
las más recientes: Rito a los Orishas, Paisaje Cubano con
Tristeza y el Concierto de La Habana, este último dedicado
a Clerch.
Los cubanos lo hemos visto muy relacionado con el Instituto Cubano
de las Artes e Industria Cinematográfica (ICAIC) y el Grupo
de Experimentación Sonora, la orquesta del Teatro Musical
de La Habana y, a partir de 1985, manejar como ninguno la batuta
de la Filarmónica Nacional, la cual preside en la actualidad.
Por otra parte, nos enorgullecimos con su nombramiento como director
titular de la Orquesta de Córdoba (1992-2001), aunque sus
presentaciones en la isla fueron esporádicas. Por si fuera
poco, a Leo le debemos su dedicación y el inmenso poder de
convocatoria, demostrado en las 12 ediciones del Concurso-Festival
de La Habana, que hoy lleva su nombre.
En mayo del 2004 la cita, dedicada a Brouwer en su 65 cumpleaños,
comenzó con la inauguración de la exposición
personal del maestro y un disco doble -con piezas grabadas recientemente-,
ambos titulados Homo Ludens. En los CD's -deuda de la discografía
nacional, dilatada por más de 15 años- hallamos obras
de Leo que abarcan un período de cuatro décadas, en
las cuales se vuelven a desvanecer las fronteras de "lo culto"
y "lo popular".
El primer disco cuenta con Chucho
y su jazz en Boceto No. 2; violín, cello, piano y percusión
en La Vida Misma; Víctor Pellegrini y su guitarra en Nuevos
Estudios Sencillos; el Cuarteto Amadeo Roldán a lo clásico
en Cuarteto de Cuerdas No. 3.
Con el segundo disco llegan la flautista Niurka González
y la pianista María del Henar Navarro para La Región
más Transparente; contrabajo y percusión acompañan
Los Pasos Perdidos; vuelve Víctor en Viaje a la Semilla;
violín, cello, contrabajo, piccolo, piano, guitarra y percusión
juegan en Los Negros Brujos se Divierten y el cierre está
reservado para una versión de Estudio Sencillo No. 5, en
la cual Leo toca la guitarra y Silvio
Rodríguez aporta la poesía y la voz.
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Tomado del trabajo de Marta María Ramírez, publicado
en el Periódico Juventud Rebelde.
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