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Éxitos de victrola. Años 50

El bolero forma parte de la memoria afectiva de muchos cubanos que crecieron en los barrios habaneros de los años 50. En cada esquina donde hubiese un bodegón, una fonda o un bar, había una victrola en la que incesantemente sonaban los boleros, guarachas y algunos de los sones de moda. Pero dentro de la variada gama del repertorio víctrolero, la boleristica cubana tuvo un lugar privilegiado. El carácter romántico y evocador de esta modalidad de la canción cubana resultaba apropiado para "descargar" las penas, preocupaciones y desengaños amorosos; el bolero en las victrolas se convirtió en la "música de barra" por excelencia.

La victrola fue uno de los recursos más importantes para la difusión de la música y de los más importantes interpretes de la música popular cubana de la época. Desde principios de la década del 30 estas máquinas comenzaron a proliferar en bares, bodegas y otros establecimientos públicos en los barrios populares de todas las ciudades y pueblos del país. También fue muy importante para la difusión musical de la época la instalación de victrolas en bodegones de áreas rurales y en los comercios y bares de los bateyes de los centrales azucareros. Esto contribuyó, junto con el cine sonoro, la radio y el disco, a una rápida popularización de géneros e interpretes del momento y al establecimiento de nuevos patrones estéticos y preferencias musicales en el oyente cubano.

En la victrola se podía escuchar lo último de la moda musical aun en las regiones más apartadas del país. De acuerdo con las características del lugar donde se instalara la victrola y a las peculiaridades socio culturales del público asistente a cada establecimiento, se seleccionaba el repertorio periódicamente.

En algunos barrios populares de La Habana se incluían una mayor cantidad de números bailables sobre todo de la Orquesta del sonero Arsenio Rodríguez y de la Orquesta Casino, en algunos de estos bares, sobre todo los asociados a la zona portuaria, se solía bailar pues asistían hombres y mujeres por igual. En los night clubes y en los bares asociados a los prostibulos y casas de citas, también se instalaban victrolas con un predominio del bolero en su selección musical.

Resultaba interesante que a pesar de la fuerte difusión e influencia de la música norteamericana en nuestro ámbito sonoro, ésta no ocupó nunca un lugar importante en las victrolas cubanas. Algún que otro número instrumental y por supuesto, los boleros en español de Nat King Cole, pero el rock and roll no pudo competir con el bolero cubano y latinoamericano de los años 50.

Romántico por excelencia, el bolero caracterizó a la música latinoamericana y caribeña de ese período y La Habana fue un mercado abierto en el que se amalgamaban los elementos más diversos de la música del continente. La capital cubana seguía siendo en los años 50 el "París de las Antillas"en el cual se consagraba lo mismo un modo bailable que un tipo de canción o un interprete que buscara la reafirmación de su prestigio o la iniciación en programas televisados, en los cuales Cuba tuvo la primacía desde 1951.

El bolero de esta década se caracterizó por sus intercambios con la creación de América Latina y al fin y al cabo por la adopción de los patrones del bolero cubano como forma de expresión de la cancionística latina. Las características locales: chilenas, argentinas,
colombianas, mexicanas, puertorriqueñas, etc., fueron neutralizadas por arreglos que incorporaban el obstinado y característico ritmo del bongó en el bolero cubano. Esta es la era en que surgen "divos" de la bolerística latinoamericana entre los que se encuentran el argentino Leo Marini, el chileno Lucho Gatica y el puertorriqueño Daniel Santos.

Entre los "divos cubanos" que mayor popularidad alcanzaron en el ámbito continental están Lino Borges, que caracterizó su estilo por el lirismo interpretativo; Orlando Vallejo, conocido como "Rey del Bolero Moruno", Vicentico Valdés, que con su peculiar timbre vocal ganó un lugar importante dentro de la música latina en New York, y por supuesto Benny Moré, quien además de desarrollar una importante carrera en México y Cuba, fue y es adorado por el público venezolano y colombiano, conocido y reconocido en toda América.

En esta etapa se agudizó el tema de la paternidad mexicana o cubana del género. Por otra parte se generalizó la combinatoria de su diseño rítmico y estructural con otras estructuras rítmicas y modelos estilísticos propios de la música popular bailable y el resto de la cancionística de la época. Así surgían el bolero afro, el bolero tropical, el bolero moruno, el bolero mambo. Mentiras tuyas es un ejemplo y Déjenme en paz en la voz de Pío Leyva.

Entre las combinaciones más originales y llamativas está la del bolero ranchera, de los que Pedro Vargas realizara verdaderas creaciones; en este caso está la peculiar interpretación de Celeste Mendoza con el tema Que me castigue Dios que llegó al clímax de la popularidad con esta versión donde realiza un fraseo fraccionario y una emisión vocal que es propia del estilo rumbero de "La Reina del Guaguancó"como bien fue calificada Celeste.

A fines de la década de los 50, el bolero empezó a sentir los embates del feeling, estilo que atrapó a vocalistas con capacidad de dramatizar a través de una interpretación que reflejara en gestos e inflexiones de la voz los sentimientos del cantante. Esta nueva forma de decir se aprecia en la excelente interpretación filinesca de Niebla del Riachuelo que realizara el santiaguero Pacho Alonso.

El estilo peculiar y singularísimo de algunos boleristas caracterizó las interpretaciones del género en esta década prodigiosa e inundó con su peculiar forma de expresión el entorno sonoro cubano. El ambiente de diferentes sitios de la ciudad como: la plaza de Cuatro Caminos, la esquina de Tejas, la esquina del cine Maravillas, la esquina de Morro y Refugio y Prado y Neptuno, está en las voces de los boleros y guarachas del puertorriqueño Daniel Santos, de Vallejo, de Contreras, de Membiela, entre los más populares.

Blanca Rosa Gil sentó un modelo estilístico para la interpretación femenina. Fernando Álvarez es una voz arquetípica de "los bolerones" como él mismo les llama. La genialidad expresiva de Benny Moré en una simbiosis entre el timbre y el decir sonero con la expresión lírica y sentida del bolero.

Todos estos colosos de la interpretación crearon un estilo múltiple y singular que sentó pautas en la cancionística cubana y latinoamericana. Esta forma de expresión musical ha marcado a todos por su significación emocional, siendo una referencia a la identidad y al ambiente sonoro de Cuba.

Fuente: Presentación del CD Éxitos de Victrolas de Carmen María Saenz. Artex S.A./EGREM 1994.

Ver discografía en www.discuba.com




 

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