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A pesar de lo que muchos pudieran pensar se llama Jesús solo de nombre, pues su fecha de nacimiento en nada coincide con las que vinculan su nombre al del Mesías. Sus padres bien pudieron haberle puesto Enmanuel, sin embargo con ese nombre no se hubiera podido hacer justicia a su grandeza.
La leyenda cuenta que a los cinco años y sin instrucción musical alguna ya era capaz de tocar al piano algunas complicadas melodías. Vivía en aquel entonces en el habanero pueblo de Alquízar, muy cerca de Luís Marquetti, el mismo maestro que entre una lección y otra era capaz de hacer un bolero de esos que conmueven almas.
De casta le viene al galgo, dirán algunos. Con semejante padre que se podía esperar del hijo, pero Jesús Dionisio , como reza en su partida de bautismo, estaba predestinado para ser músico y por demás pianista, lo mismo que su padre.
Siendo aún adolescente frecuentaba los estudios de Radio Progreso alternando con su padre en la orquesta de este; sin embargo su nombre comienza a ser conocido por el gran público desde los años sesenta.
Bajo las órdenes del maestro Federico Smith desarrolló sus habilidades de músico de atril en la Orquesta del Teatro Musical de la Habana; pero más que todo su pasión por el Jazz se desbordaba cada sábado en la tarde durante los encuentros del Club Cubano de Jazz, que por aquel entonces lo mismo tenía su sede en el salón de Embajadores del Hotel Habana Libre, que en el Cabaret Parisien del Hotel Nacional, hasta establecerse definitivamente en los Jardines del Club 1830, en las afueras del Vedado.
En 1965, cuando comienzan a ocurrir cambios notables en la canción cubana, Chucho se enrola en la formación de su primera agrupación musical: Chucho Valdés y su combo con Amado Borcelá, conocido como Guapachá, como cantante. Ya eran evidentes sus potencialidades no solo como instrumentista, sino como renovador.
Pero la experiencia dura poco tiempo, pues Guapachá muere repentinamente y Chucho regresa a los atriles de una orquesta, esta vez la Orquesta Cubana de Música Moderna, toda una constelación de estrellas, dirigida por Armando Romeu.
Pero el Jazz , siempre el jazz, estará en su vida como una constante que desarrolla paralelamente; así llegamos a 1969 en que su nombre trasciende los marcos de Cuba. Se debía seguir experimentando y Chucho apuesta por la fusión de elementos afrocubanos con el jazz, entonces comenzará la era Irakere, o lo que es lo mismo su leyenda.
Irakere , además de su sueño personal, es el punto de giro de su carrera musical. Desde ese momento marcará las nuevas tendencias dentro de la música cubana y universal y terminará el ciclo del jazz latino; ciclo que había comenzado Mario Bauzá en los años cuarenta en los Estados Unidos, que había definido Chano Pozo junto a Dizzie Gillespie al hacer retornar al género a sus raíces africanas.
Lo cierto es que Irakere es Chucho Valdés y Chucho Valdés es Irakere; son parte del mismo cuerpo musical y humano. Por aquella formación pasó todo el mejor talento que generó Cuba en los años setenta, ochenta y noventa.
Pero Chucho debía ir más allá del jazz y de la experimentación y por ello volvió al piano como elemento único y universal y en la soledad de la sala de concierto un buen día ejecutó nuevamente a Rashmaninov y a Bethoven, pero muy a su estilo, a lo Chucho como ciertamente dijo alguien un día.
Oír a Chucho es cruzar de un extremo a otro los cinco continentes, es también atreverse a desafiar corrientes y escuelas, pero más que todo es adentrase en Cuba y en esa exuberante maestría que se esconde tras el hombre que una vez soñó ser un gran basquetbolista el día que sus manos fallaran.
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