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Fornido, rubicundo, quemada la piel y las canas de la barba por el sol caribeño, esa imagen acompaña en La Habana a muchos pobladores de San Francisco de Paula que la atesora, fielmente, como uno de sus recuerdos más entrañables de la infancia o de la adolescencia, cuando jugaban a la pelota, por los placeres y las calles, y compartían ocasionalmente con el americano que habitaba, desde hacía mucho tiempo, entre libros, revistas y trofeos de caza, la Finca Vigía.
Es un retrato casi mítico del escritor norteamericano Ernest Hemingway , el mismo que solía partir a mediodía hacia la capital, al corazón mismo de la ciudad, para almorzar con sus amigos, a la hora del lunch y, sobre todo, para tomarse un buen daiquirí, como siempre lo sería el suyo, el hoy famoso Papa, sin azúcar, en la añeja barra de El Floridita.
Muchas veces lo hizo con sus propios huéspedes, con la actriz Ava Gadner, o con el actor Gary Cooper, sus intérpretes en el cine. Ella siempre hermosa, espléndida desde su belleza felina. Él, valeroso y tierno, el eterno combatiente antifascista que sostuvo, en la pantalla, un idilio con Ingrid Bergman, en la versión cinematográfica de aquella novela que nació de la experiencia y del dolor, Por quién doblan las campanas, en el período biográfico hemingwayano de la guerra civil española, dentro de la historia personal del narrador, el mismo que llevó a la escritura, con Adiós a las armas aquellos otros años suyos juveniles, cuando fue periodista del Star de Kansas City y, sobre todo, cuando se desempeñó como conductor de ambulancias en la Primera Guerra Mundial, signados sus relatos siempre por la vivencia personal, en el juego de la ficción y el testimonio.
O que nos dejaría a los cubanos nada menos que la escritura de una de sus más conmovedoras páginas narrativas, con El viejo y el mar, premio Pulitzer, y luego Nobel, lauro este último que él recibió en la Isla, y cuya medalla dedicó también, como tributo, a manera de ofrenda, al pie de la patrona de Cuba, Nuestra Señora de la Caridad, en el santuario de El Cobre, a las puertas de Santiago de Cuba, donde también se encuentra el mineral a cielo abierto y las antiguas huellas de miles de esclavos en tiempos coloniales.
Ese Hemingway vital y lúdico es un recuerdo que atesoramos en la memoria ya que preferimos siempre, en este archipiélago, evocar al escritor en la plenitud de su existencia y no en su ocaso, cuando ya enfermo decidió dar fin a su vida por sus propias manos, hace ya 45 años, hecho trágico que repitió el destino de su padre años atrás, igualmente marcado por el suicidio.
Ernest Hemingway es una leyenda, para los cubanos y las cubanas, un símbolo de aventuras, de desbordada energía por las planicies de África, soñador y enamorado, épico en su propio horizonte, protagonizando hazañas en las guerras, testimoniando aquellos sucesos que conmovieron a la Humanidad y que en su obra encontraron eco para traducir la existencia con el lenguaje eterno de la belleza.
Artículo escrito por Mercedes Santos Moray
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