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Palabra e identidad fueron para mí una paciente y trabajosa conquista. Me sumergí en el castellano a través del oído, por ósmosis con los ruidos que venían del barrio, voces de los pregoneros, parloteo del vecindario, trozos de la novela del aire, conversaciones de los visitantes, rondas infantiles en el parque cercano. Mientras tanto, seguía leyendo en francés —idioma del espacio privado de la casa— poesía, cuentos de Perrault y de Andersen, novelitas de la condesa de Ségur. Me fascinaba la cámara sangrienta de Barba Azul.
Así se me fue adentrando el país, isla que habría de resultar puerto definitivo. La historia, un acontecimiento ocurrido en la frontera de una tierra ignota llamada Polonia, fracturó para siempre el verde paraíso de los amores infantiles. Supe desde entonces que no podría vivir al margen de ella y aprendí geografía siguiendo el paso de las batallas en la Europa distante, allí donde seguían viviendo y, en algunos casos morirían combatiendo, mis antiguos compañeros de juego.
Cada uno en su momento, Fernando Ortiz y José Lezama Lima me recomendaron tomar la senda estrecha de la especialización, descubrir un filón para llegar hasta lo más hondo de su raíz, paradójico consejo de quienes se lanzaron a la aventura de un saber ecuménico. Quizás hubiera seguido el consejo, pues no me disgusta el sistemático horadar de las polillas. Pero mi curiosidad por el presente es apremiante e infinita, estimulada por la búsqueda de las interconexiones entre vida y poesía, entre arte y literatura.
La isla es un puerto, un refugio y, a la vez, un frágil hilo de tierra, llave del nuevo mundo, antemural de las Indias occidentales, extendido entre el Atlántico y el Caribe, sacudido por los vientos del norte y los huracanes del sur. Cultura y nación se han ido haciendo en el permanente diálogo entre el adentro y el afuera, entre el esplendor de la imagen martiana de la tierra y la mirada puesta en los caminos del mar, portadores de libros y de inquietudes modernizadoras, asiento de inmigrantes forzosos o voluntarios, objeto del deseo para piratas y potencias coloniales, involucrada por ello en conflictos globales que desbordan su pequeña dimensión. Por encima de "la maldita circunstancia", las letras y las artes han entretejido un diálogo fecundo con el resto del planeta. Hemos crecido en un estimulante canibalismo cultural.
Mi biografía personal es inseparable de mi trayectoria intelectual. Sigo pensando que La cartuja de Stendhal me acompañará a la hora del reposo en algún rincón solitario. Porque Parma está en todas partes, construida por Arrigo Beyle, casi en vísperas de su muerte, sobre su experiencia de vida y de lectura, sobre su visión del paisaje y del arte de Italia, sobre el desgarramiento de quien, a pesar de todo, tuvo que observar, como Fabricio, la batalla de Waterloo desde los márgenes, desgarrado siempre entre la pasión y la lucidez.
(...)
Nunca me he detenido a contemplarme en un espejo. Tampoco me gusta volver la mirada hacia atrás. Mi exámen de conciencia se verifica cada noche, bajo el imperativo inmediato del presente. El premio que hoy se me otorga me exige detenerme, por primera vez, en un análisis retrospectivo. De la parálisis momentánea surgirá, así lo espero, un nuevo punto de partida. Tengo que volver sobre mis propias huellas con el rescate de infinidad de trabajos dispersos y siento el apremio de cuanto sigue pendiente, apenas esbozado. Porque, para mí, hacer es, ante todo, el mejor modo de existir.
Agradezco a todos los que me han acompañado en este largo trayecto. A quienes me nominaron y al jurado que me concedió el premio y a ustedes, los aquí presentes, por estar conmigo en la tarde de hoy.
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