Desde la invención de la imprenta, e incluso con anterioridad a ella, no ha existido un hecho de magnitud que no fuese acompañado de su respectivo texto; pero es a partir del siglo XIX, con el auge de las exposiciones, en particular de las internacionales, que el libro será investido de un doble papel. Por un lado, se erigirá en eficaz registro de tal suceso, pero, y ello es lo más importante, devendrá él mismo protagonista de la exhibición, fuese en eventos organizados expresamente para mostrar el valor de los impresos y manuscritos (como la exposición de Nueva York en 1900) o por la erección de un apartado: el de Artes Liberales, como espacio especialmente diseñado para evaluar la calidad artística o cognoscitiva de las obras.
La apertura de la primera Exposición Universal en el londinense Crystal Palace estableció un precedente para la exhibición de muestras bibliográficas; en dicha exhibición y como parte de la comitiva española participaron los cubanos, quienes poseían una relativa experiencia en la organización de este tipo de certámenes, puesto que en la década del cuarenta se habían celebrado algunos de ellos, de carácter local, en las ciudades de Puerto Príncipe y La Habana.
A pesar de estas tempranas experiencias, las primeras pruebas acerca de la exhibición de libros cubanos en cónclaves internacionales datan de 1876, cuando la comisión encargada de representar los intereses de la colonia antillana en la Expo Universal de Filadelfia refiere la aparición de siete obras científicas y literarias, de las cuales cuatro fueron acreedoras de premios: Anales de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Isla de Cuba; Memorias del Real Observatorio de Belén, con observaciones magnéticas y meteorológicas; Vida de Lord Byron, y en especial las Obras del sabio cubano José A. Saco, enviadas por el secretario de la Comisión Cubana.
Cinco años más tarde, el reconocido "Ateneo" de Matanzas acometió la organización de la exhibición más importante de las celebradas en Cuba durante la centuria decimonónica: la Exposición Internacional de 1881, que contó con la asistencia de muestras representativas de Francia, Estados Unidos, México, República Dominicana, Holanda, Alemania, Suiza y Bélgica, así como de 15 provincias de España e incluso de sus posesiones ultramarinas como Puerto Rico y Filipinas.
En este caso la exposición alentó la elaboración de diferentes memorias, editadas antes, durante y después del evento, entre ellas: el Catálogo y la Guía Oficial de la Exposición de Matanzas, esta última gracias a la pluma del insigne bibliógrafo e intelectual Domingo Figarola Caneda.
Posteriormente, en la Exposición Internacional Colonial y de Exportación General, primera de su tipo con sede en Ámsterdam (1883), se presentó, a petición de los criollos, el manuscrito de Ictiología Cubana de Felipe Poey, el volumen más significativo de las ciencias naturales de la isla a lo largo del siglo XIX, que le valió a su autor la orden del León de Oro, impuesta por Guillermo III, rey de los países bajos.
No obstante, este triunfo fue recibido con lacónica complacencia por parte de las autoridades metropolitanas, quienes compraron el texto para guardarlo.
Por su parte, los libros editados en la mayor isla antillana siguieron figurando en los pabellones de los distintos recintos expositores, tal fue el caso de las Memorias del Centro Asturiano y el libro de Pedro Guarrao, titulado Cláusulas para evitar choques en alta mar, mostrados en la Expo Colombina de Chicago en 1893.
Pero la mayor presencia de textos procedentes de Cuba durante las exhibiciones del siglo XIX ocurrió en la Exposición Universal de París (1900), donde concurrieron no solo obras como Cinco discursos sobre la educación de la mujer cubana de Maria Luisa Dolz, Memorias del hospital de San Lázaro de Manuel Alfonso, La sensibilidad en la poesía castellana de Nicolás Heredia o la famosa obra historiográfica Desde Yara hasta el Zanjón de Luis Estévez Romero, sino también las colecciones debidamente encuadernadas de periódicos como Patria (editado por José Martí ) o El Fígaro y de revistas pedagógicas como La escuela moderna y La Higiene.
Sirvan estas notas como antecedente de los escenarios internacionales que hoy recorre el libro cubano, presente en más de veinte eventos profesionales al año, así como en ferias, congresos y otros encuentros editoriales de alto nivel.
Escrito por Ricardo Quiza Moreno, * investigador del Instituto de Historia de Cuba.
Tomado de Cubaliteraria.
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