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Titón y la cubanía
Por Miguel Torres
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Tomás
Gutiérrez Alea nació en La Habana en 1928. Estudió Derecho en la Universidad
de La Habana. En su adolescencia filma algunos cortos experimentales
con una cámara de 8 milímetros. No ejerce como abogado; tan pronto
como termina sus estudios, parte hacia Roma a estudiar dirección cinematográfica.
En Roma, el joven Titón, criollo y habanero, descubre una rica realidad.
La cultura italiana, una de las más importantes del continente, estaba
en plena efervescencia con el nacimiento y desarrollo del cine neorrealista,
uno de los grandes movimientos culturales del siglo XX. Al mismo tiempo,
en esta Italia predominaban las más importantes corrientes del pensamiento
político y social de su tiempo. Este descubrimiento del mundo, que
iría desde un cine nuevo, hasta el ansia de una sociedad nueva y más
justa, influyeron sin dudas y dejaron su impronta en la formación
de Gutiérrez Alea, quien regresa a Cuba en 1953.
Con sólo 25 años, una sólida cultura, y un tumulto de ideas
y proyectos, colabora activamente en la Sociedad «Nuestro Tiempo»,
un hervidero de ideas y proyectos culturales y sociales en la Cuba
de esa época. Era el momento en que se avecinaba para su patria un
camino de encrucijadas históricas.
En I 955, colabora con Julio García Espinosa en la dirección de El
Mégano donde participaron además como guionistas Alfredo Guevara
y José Massip. La fotografía estuvo a cargo de Jorge Haydú.
El
Mégano es un crudo y hermoso documental sobre la vida dura
de los olvidados carboneros de la Ciénaga de Zapata, una zona
terriblemente pobre en la Cuba de entonces.
El documental
se eleva del nivel de la simple denuncia social hasta alcanzar
una dimensión poética, y ser, de hecho, la piedra angular sobre
la que se fundaría el cine de lo que en pocos años sería el
movimiento cinematográfico de la Revolución Cubana.
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Con su
esposa,
la actriz Mirta Ibarra |
El Mégano fue secuestrado por las autoridades y sus realizadores
fichados por la policía. En los años siguientes, años de gran convulsión
política del país, sobre todo entre el '56 y el '58, Gutiérrez Alea
dirige pequeños cortos documentales, reportajes y cortos publicitarios
en una productora cinematográfica nacional llamada Cine Revista. Titón
ensayaba las técnicas y maduraba como creador.
Al triunfo revolucionario, el primero de enero de 1959, este joven
artista se incorpora de inmediato a la inmensa gesta cultural que
la Revolución traía consigo. En el propio 1959, tomando como tema
la secular situación de hambre y miseria que vivió el campesinado
cubano, Titón realiza: Esta tierra nuestra. Fue su primer documental
con una factura y nivel artístico a la altura de las intenciones de
la época defínitoria en que fue producido.
Este documental sirvió como propaganda para la Ley de Reforma Agraria,
algo que definió el carácter radical y profundo de la Joven Revolución
Cubana.
En I 960, con la fotografía de Otello Martelli, una de las grandes
figuras del neorrealismo, Titón realiza el primer filme de largometraje
del cine de la Revolución Cubana. Historias de la Revolución,
estrenado en diciembre de 1960. Su exhibición conmocionó no sólo a
la intelectualidad cubana, sino también al gran público. El filme
comunicaba fácilmente y tenía una factura altamente decorosa. Se podía
decir que el nuevo cine alcanzaba su primera obra. Al año siguiente,
en 1961, se produce la invasión mercenaria a Playa Girón, allí Gutiérrez
Alea toma partido de forma defínitoria y trabaja para el noticiero
ICAIC como corresponsal de guerra.
Dirige junto a Santiago Alvarez Muerte al Invasor, una joya
del cine militante, producido bajo una altísima tensión política y
social. No es ocioso recordar que con la invasión de Playa Girón fue
proclamado el carácter socialista de la Revolución Cubana.
Las Doce Sillas es una deliciosa comedia, realizada en 1962
y que todavía conserva, porque pueden apreciarse en ella, las huellas
del neorrealismo. El filme se deleita en situaciones que reflejan
el entorno social de una época, a la par que muestra un humor disparatado
y efectivo donde la irreverencia ocupa un lugar destacado. Era ya
para el director y para el cine cubano, una obra de madurez.
En 1966, con la Muerte de un burócrata, brotan en este
creador rasgos de excelencia hacia un cine impecable, donde todavía
la huella del neorrealismo persiste. En una peculiar síntesis de humor
negro y surrealismo, Titón hace un homenaje a quien él consideraba
su maestro: Luis Buñuel.
Así, en un espiral de madurez artística que avanzaba de filme en filme,
Titón dirige en 1968 Memorias del Subdesarrollo, su obra cumbre,
y sin dudas una de las obras mayores del cine cubano y latinoamericano
de nuestros tiempos. De ésta se ha hablado mucho y en todas las latitudes.
Nadie duda que este filme realista, directo, duro y sincero, es una
referencia obligada para quien quiera conocer la Cuba de esa época.
Había logrado un filme profundamente visceral y quizás autobiográfico.
Es su mejor filme, su obra maestra, la cual se puede ver de año en
año y encontrar cada vez nuevas aristas. Memorias... es de
esos raros filmes que gana con el tiempo.
En 1971 Titón emprende la colosal tarea de basarse en un relato inspirado
en Don Fernando Ortiz para producir un filme artísticamente muy ambicioso
Una pelea cubana contra los demonios. El resultado fue quizás
el más fuerte fracaso que debió afrontar Titón, lo cual fue reconocido
por él públicamente. Por nuestra parte podemos decir que una obra
ambientada en el siglo XVII y repleta de metáforas, no respondía a
la cuerda esencial de Titón. En nuestra opinión, un autor fuertemente
atado al realismo y a la expresión directa, casi documental, no se
correspondía con aquel filme.
La Última Cena, ambientada también en una lejana época histórica
es su filme de 1976, y arroja luz y elementos de relación sobre el
presente. En este filme es notable el uso de actores negros y la madurez
con que Titón maneja el tema de la esclavitud y la hipocresía clerical.
Para muchos, incluyendo el que redacta estas líneas, es su mejor película
después de Memorias... y de alguna manera son dos obras con
puntos de vista y obsesiones muy comunes.
En 1983, Titón vuelve a reverdecer laureles con Hasta Cierto Punto,
película ambientada en y con los trabajadores del Puerto de La Habana.
Otra vez se impone el estilo realista que lo emparenta con el documental
y con la influencia del neorrealismo.
Entre Memorias... y La Última Cena, pasaron ocho años,
y pasarían otros cinco más para que con Hasta Cierto Punto,
lograra una obra descollante. Por entonces ya el artista tenía casi
60 años, algunos decían: un viejo, para un cine que siempre ha rendido
culto al talento joven.
Un día supimos que Titón estaba enfermo, era un secreto guardado primero
por familiares y amigos y después por la familia cinematográfica.
Pero así y todo todavía le quedaba por realizar un combate contra
la enfermedad, la vejez y los tabúes.
En 1993, con 67 años, este hombre inagotable vuelve a colocar su obra
al lado de Memorias... y La Última Cena. Fresa y
Chocolate aborda un tema tabú, echa una ojeada crítica a la sociedad
de nuestros días y llega a todos dentro y fuera de Cuba. Está de nuevo
aquí el Titón realista, directo, sincero, irreverente y por momentos
vitriólico.
Pero no poco hace el filme que le sigue, Guantanamera, para
inducir a la reflexión y develar realidades. Aquí hay una especie
de broma del más denso humor negro del autor con la muerte, que sabía
inevitable. Murió trabajando, creando y elevando el nivel artístico
de nuestra cultura nacional.
Si algo podemos decir en unas líneas, es que fue, en su búsqueda de
la verdad, su tenacidad, y su ética, en su humor a veces cáustico,
profundamente cubano.
Su muerte; aún reciente, deja un legado de filmes que nuevas generaciones
de espectadores, críticos y cineastas disfrutarán y analizarán como
testimonio del tiempo que les tocó vivir.
Cortesía
de la Revista Habanera
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