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Primeros pasos. Ingreso al ICAIC
Una generación de documentalistas
También me hice maestro
Cuatro películas cubanas
Dos actrices fetiches
Nacido en la
villa de Guanabacoa, como otras figuras principalísimas de
la cultura cubana -pienso en Ernesto Lecuona, en Rita Montaner,
en Ignacio Villa, Bola de Nieve-, este director de cine, también
escritor aunque él no lo admita (y poseedor de un premio
Casa de las Américas con su libro Corresponsales de Guerra,
sobre la gesta sandinista en Nicaragua), Fernando Pérez es,
además, un hijo de Escorpión porque nació bajo
este signo, el 19 de noviembre de 1944 y está, como todos
los nativos del alacrán -que para los astrólogos es
la serpiente o el águila- signado por misterios y enigmas
que convierte en los frutos de su obra artística con singular
aliento creativo. Pero es, también, y es justo reconocerlo
antes de avanzar en estas cuartillas, un hombre bueno, de intensa
humanidad adolorida, nunca ajeno a su prójimo, un ser de
ternura y extrema sensibilidad, llaneza en el trato y auténtica
modestia lo que nos permite acercarnos a él, no solo por
la amistad de tantos años, la misma fuerza telúrica
de escorpio que ambos compartimos, sino por el respeto que me merece
su talento y su obra, para mí la única dentro de la
cinematografía cubana que puede medirse, de igual a igual,
con la de los maestros.
El autor de
películas tan trascendentes para nuestra cultura como Madagascar,
Clandestinos y La vida es silbar, sin desdeñar
el aura de inocencia y de candor de Hello, Hemingway,
puede adentrarse y por derecho propio lo hace en las constelaciones,
para situarse al lado de Antares, dueño de las metáforas
poéticas más rotundas escritas, en el celuloide, por
un realizador cubano en la década de los 90 porque, para
mí, y confieso desde ya mis pasiones (cosa que no ha de extrañar
a quienes me conocen, por mi lapidaria sinceridad), Fernando es
el director que ha tocado, con más hondura y belleza, las
angustias existenciales que han conmovido y conmueven a la sociedad
cubana contemporánea, al cierre del siglo y del milenio y
a las individualidades que conforman nuestro pueblo, en medio de
luces y de sombras, en un universo profundamente contradictorio
y por eso más apetitoso para el arte.
Primeros
pasos. Ingreso al ICAIC
Vinculado al
Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC)
desde los dieciocho años, comenzó a trabajar como
asistente de dirección, en 1962, y como traductor de ruso,
igual que lo hizo en el Instituto Superior Pedagógico "Makarenko".Entonces
no existían escuelas de cine, y era necesario elevar el nivel
cultural por eso accedió a la Escuela de Letras y de Artes,
en la Universidad de La Habana, donde se graduó como Licenciado
en Lengua y Literatura Hispánicas y ejerció, también,
como docente de Filosofía.
Las páginas
de Cine Cubano contaron con sus artículos donde el séptimo
arte se apoderaba de su prosa, y de sus reflexiones, parcela teórica
imprescindible, además, para la ejecución ulterior
de su praxis como creador de imágenes. "Cuando recuerdo
a Mirta Aguirre que nos hablaba del pensamiento por imágenes,
así soy yo. Tengo siempre un pensamiento por imágenes.
De ahí mi pasión por el cine... Todo lo pienso por
imágenes. Voy por las calles y estoy mirando ángulos
de cine, aunque el cine no solo es la imagen..."(1). Recuerdo
estas palabras suyas que conformaron el corpus de una entrevista,
hace unos años, cuando se alzó con su último
Coral (o mejor, con el penúltimo... porque vive y crea) por
La vida es silbar.
Así,
y junto a un genio como Titón (Tomás Gutiérrez
Alea), se calzó la espuela para hacer de asistente en la
producción de Una pelea cubana contra los demonios.
Después lo sería de Manuel Octavio Gómez, en
Ustedes tienen la palabra, parcialmente de Sergio Giral en
El otro Francisco, hasta que en esta película lo sustituyó
su colega y amigo Orlando Rojas, y junto al fraterno Manuel Herrera
en Girón.
Una
generación de documentalistas
Pero Fernando,
como el 99,9 por ciento de los directores del cine cubano tenía
un sueño: el largometraje de ficción. Solo que a su
generación, a esa promoción que fue la suya (la de
Daniel Díaz Torres, la de Rolando Díaz) le tocó
primero pasar no por el cáliz sino por la escuela del documental
y también por el Noticiero ICAIC Latinoamericano, bajo la
égida del maestro Santiago Álvarez. Era una época
en la que arribar a la ficción era algo como repetir el cuento
de Alá... antes había que llegar a la montaña
y demostrar garra, tesón, perseverancia y valía para
acceder a realizar, después, las tribulaciones de lo ficcional.
Con el aval de más de 50 ediciones del Noticiero, espacio
lamentablemente desaparecido de la producción del ICAIC durante
la última década, para maleficio de nuestros espectadores
y de nuestra cultura, Fernando Pérez se creció y ganó
en oficio: "En primer lugar me enseñó a responder
rápidamente ante la realidad con un pensamiento cinematográfico.
El documental exige agudeza. Encontrar la solución en el
mismo momento, sin planes previos. El Noticiero y el ejercicio documental
me formaron para dar una respuesta rápida, esta manera de
pensar cinematográficamente y así se va creando el
oficio, aunque cada película es distinta y el oficio no puede
ser repetitivo ni convertirse en rutina" (2).
Quizás
esa experiencia haya signado, con particular fuerza desde su verismo
las dos primeras películas de ficción, realizadas
posteriormente por Fernando Pérez: su Clandestinos y
su Hello, Hemingway (1990) donde todavía podemos encontrar
ese cierto desaliño de la improvisación con el que
documental enfrenta a la realidad.
Crónica
de la victoria, Puerto Rico y Cascos blancos,
de 1975 resultan una especie de entrenamiento para él, pero
ya con Cabinda (1977), Fernando dio un salto que califica
de cualitativo en su mirada. "Lo que hice en Angola fue lo
primero que sentí donde había algo mío, lo
otro fue de aprendizaje", me confesó, hace unos meses,
mientras tomábamos café en su apartamento del edificio
de la celebérrima esquina de Infanta y Manglar.
En 1978 vendrían
Siembro viento en mi ciudad y Sábado rojo y
después dos materiales de sumo interés para su obra
y su vida, en 1980: 4 000 niños y Monimbó
es Nicaragua, particularmente porque la gesta centroamericana nutriría
su escritura para el ya mencionado testimonio suyo laureado con
el Casa, en 1982. En este último año filmaría
Camilo.
Y en 1983 se
estrenaría uno de los mejores documentales que llevan su
firma: Omara, donde "comencé a crear elementos
de ficción, hice reconstrucciones" y que él mismo
considera como una introducción al mundo de las fábulas
cinematográficas, pieza que de por sí nos dio la proyección
estética de Fernando Pérez al moverse con sutileza
e ingenio en el campo de la música popular cubana al recrear
a la mítica Omara Portuondo.
También
me hice maestro
Quiero romper
la secuencia cronológica de el hacer y del existir de este
hombre. Lanzarme con él en la Escuela Internacional de Cine
y TV de San Antonio de los Baños, donde fungió como
profesor y como jefe de la cátedra de realización,
donde impartió talleres de documentales, y de realización
y desempeñó también las veces de director docente
durante el período del brasileño Orlando Senna, labor
que asumió, sencillamente, porque "me gusta dar clases"
y más, como lo dice desde la coherencia de su imagen, "en
un espacio abierto y creativo que es algo más que un recinto
académico".
Sería,
precisamente, en la llamada por Fernando Birri "Escuela de
Tres Mundos" donde "surgió la idea de Madagascar
y me puse a trabajar con Manolito Rodríguez" porque
Fernando siempre participa en la elaboración de los guiones
de sus películas.
Después,
tras la filmación y proyección de esa película
-ya para mí un clásico del cine cubano y el filme
más sólido y conmovedor, el que resume ciertamente
los años 90 en la Isla-, el cineasta cubano se iría
a Chile, donde realizaría un serial de ocho capítulos
para la TV: Y si fuera cierto, docudramas de 45 minutos cada uno
y dedicados al tema de la parapsicología (nada extraño,
tratándose de un escorpión porque el venado siempre
tira al monte, según el refranero popular). Y allá,
valga la información noticiosa para los futuros diccionarios
sobre el cine cubano, nació la idea de La vida es silbar
que trabajaría con Humberto Jiménez.
Otro alto en
estos "años duros" pero para Fernando igualmente
sustanciosos y creativos, fue su beca en Alemania, la de la DAAD
donde estuvo seis meses, en Berlín, cuajándose de
intensas vivencias y de reflexiones que se volcarían en su
proyecto fílmico, porque el arte no solo se nutre de la vida,
también lo hace de la cultura.
Cuatro
películas cubanas
Un cuarentón
(más exactamente, con 43 años) debutó en el
espacio ficcional con su primer largometraje. Podía ser una
pifia, un intento fallido, un sueño trasnochado... un fracaso,
pero no lo fue. Porque de sus fantasmas brotó su opera prima,
ganadora del Coral correspondiente a esa categoría, en el
Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano en 1988. Era
Clandestinos, una obra de insólito lenguaje y aliento
juveniles lo que demostró, una vez más, que no hay
esquemas a priori ni clasificaciones ni edades para el talento verdadero.
La épica de la revolución cubana frente a la tiranía
de Batista, la leyenda de aquella muchachada heroica se apoderó
de los espectadores para conmover al país y tradujo, desde
su esencia altamente emotiva, el drama histórico, con una
factura, ciertamente, todavía marcada por fuerte dosis de
realismo. Se denotaba, como tarjeta de presentación de Fernando
en el cine de ficción, la mano segura para contar una fábula,
su buen manejo de los actores y la intensidad de su poética.
Más tarde,
y en el Festival del año 90, Hello, Hemingway obtendría
un cuestionado Coral. Fernando Pérez es de los artistas que
están muy seguros de sí, y como sabe respetar el derecho
a la opinión contraria, sin que esto le disminuya ni le lesione
su autoestima, por ser un hombre coherente con sus principios, bien
sabe digerir las críticas adversas que entonces le hicimos,
por esa dosis a veces excesiva de un énfasis melodramático
en este filme, todavía unido por el cordón umbilical
del argumento al anterior, pero dotado, eso sí, de ese candor
humano que siempre apreciamos en su escritura. Pero el año
1994, ya con 50 años de edad y en plena madurez artística
e intelectual, se abrió para este realizador, sensiblemente
preocupado por las angustias materiales y espirituales de quienes
vivimos dentro de Cuba, para producir su -hasta el presente-, obra
mayor, el producto de mejor acabado, llevada la cámara por
un maestro como Raúl Pérez Ureta.
Las penalidades,
la incertidumbre, el caos, la sustancia de la crisis rebotan sobre
la pantalla en el discurso de Laura, que, por cierto, no es una
entelequia metafísica aunque sí es una metáfora
patética donde se conjugan el absurdo, y en ocasiones hasta
la crueldad, con las más íntimas, personales y sensibles
reflexiones y vivencias del artista, sinceramente identificado con
su pueblo y dotado de la capacidad para traducir, estéticamente
y gracias al lenguaje del cine, desde sus imágenes, uno de
los más complejos y difíciles, e igualmente luminosos
períodos de la historia de Cuba.
Todo esto se
incorpora y vive en las secuencias de su antológica Madagascar,
un mediometraje de ficción (con 53 minutos) que, para mí,
y cuando el tiempo aquiete las aguas tormentosas, encontrará
su justa valoración, más trascendente que todas las
fresas y los chocolates de esa época, aunque menos promocionada
y reconocida, hasta ahora, que aquellos sabores de la heladería
"Coppelia". Al final de este proceso creador, y con otro
filme, La vida es silbar, nuevamente se apoderaba del Coral
y se convertía en polémica al rojo vivo en el transcurso
del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano en 1998,
(por cierto, una década después de su debut con Clandestinos),
para luego alzarse con el Goya, en España.
Esta película,
para su realizador, como me lo dijera en un encuentro personal,
y en el seno más íntimo de sus afectos filiales, "está
abierta en el sentido de la libertad individual porque la felicidad
no es igual para todo el mundo y en la vida siempre hay que elegir
porque la elección es constante".
Con un idioma
pletórico de imágenes, signado por el cuerpo metafórico
de su ya virtual poética personal, Fernando Pérez
entregó al público y a la cultura de la Isla una reflexión
sobre nuestros destinos, "donde se puede convivir con el dolor,
en pos de la felicidad".
Julia, Mariana,
Elpidio... desde la doble moral hasta el orbe de lo marginal ascienden
para traducir el corpus existencial de un cineasta que es, y siempre
lo ha sido, un cubano honrado. Aquí culmina, también,
como él lo reconoce un proceso de "evolución
y aunque hago cine metafórico, no es un cine de la abstracción".(3)
Cada película,
cada tema le plantea un nuevo reto e, incluso, le impone su propio
lenguaje porque también a Fernando Pérez le gusta
puntualizar que, aunque haga un cine reflexivo, es un cine que siempre
nos cuenta una historia.
Ahora, y por
primera vez, asume el reto de filmar fuera de Cuba una película
de ficción: Amorosa Gilda, inspirada en la novela
Una sonrisa sin fin, de la escritora italiana Anna Assenza a quien
conoció cuando, en el Festival de La Habana, se presentaba
La vida es silbar. Con Raúl Pérez Ureta en
la dirección de fotografía, quien lo acompañara
desde Madagascar, Fernando filmará en Sicilia la historia
autobiográfica de una mujer, víctima de la polio y
que, desde los cinco hasta los veinticinco años se transcribirá
en la pantalla en la lucha no solo por sobrevivir sino por realizarse,
generosamente, y a favor del ser humano y crecerse ante las vicisitudes
del diario existir.
Humanista, por
esencia, Fernando Pérez asume esta historia, con actores
de Italia, y con apoyo de capitales españoles, franceses
e italianos, luego de recibir en Roma el premio Ennio Flaiano, lauro
que lleva el nombre del guionista de Federico Fellini y que se otorga
a personalidades relevantes por el reconocimiento a su obra.
Con el acento
de Hello, Hemingway, me dijo el director, con ese intimismo
en el lenguaje de sus imágenes, piensa narrar esta historia
de corte feminista, donde una mujer lo inspira y se inspira para
traducir esperanzas y frustraciones, como un apelativo a los sentimientos.
Hace unos años,
Fernando, manifestó que las figuras cinematográficas
que más le habían tocado sus fibras, y las obras,
lo eran el Vértigo de Alfred Hitchcock, el Bonnie and Clyde
de Arthur Penn, Novecento de Bertolucci y Cenizas y diamantes y
La tierra prometida del polaco Andrzej Wadja, así como el
trabajo de los tres maestros fundacionales de la nueva cinematografía
cubana: Santiago Álvarez, Tomás Gutiérrez Alea
y Humberto Solás.
Sin remedos
imitativos que a ningún lugar lo hubieran conducido, Fernando
ha podido realizar su cine, con la impronta subjetiva de su corazón,
con su mirada angustiosamente crítica y con el apasionamiento
y la vehemencia, amén de la ternura intrínseca y la
fuerza de un escorpión, en medio de búsquedas y experimentos
que evidencian su natural y auténtica insatisfacción
creadora.
Dos
actrices fetiches
Mas no sería
bueno concluir esta apretada nota sobre Fernando si no hablamos
de dos actrices-fetiches que aparecen, desaparecen y reaparecen
en sus filmes: Isabel Santos y Laura de la Uz. Dotadas
de particular capacidad expresiva, ambas se han movido por el celuloide,
la televisión y el teatro para dar miles de rostros y épocas
de la mujer cubana, desde el pasado más reciente hasta nuestros
días.
Habría
que preguntarse el por qué de esta reiteración del
director, por qué ha privilegiado esta presencia en su cine,
Isabel en Clandestinos, como protagonista que le valió
un Coral y en un personaje de contrafigura en el cuento de Elpidio,
en La vida es silbar, y Laura, como la protagónica
de Hello, Hemingway, que también le proporcionó
un Coral de actuación y luego, en su mejor trabajo en Cuba,
su papel-eje-problema de Madagascar donde sí merecía
el premio. "No puedo decir que yo dirijo a Isabel... porque
cuando me enfrento a ella es una fuerza... Tiene un detector interior,
siente su personaje, siempre sabe por donde va... lo que busco es
verla actuar. Es una gran actriz, como la mejor de cualquier país,
de cualquier época". Y esta valoración, hasta
hoy inédita, me la entrega Fernando con una singular brillantez
en las pupilas que delatan su propia emoción al validar su
selección actoral.
¿Y Laura?,
inquiero. El se sonríe y deja entrever, igualmente, una infinita
dosis de cariño y de respeto por esta joven intérprete
que ha madurado, además, bajo su dirección y ha crecido
actoralmente en la brega de sus películas.
"Cuando
la conocí tenía solo diecinueve años y ese
es un problema porque siempre la veo como una adolescente y ella
quiere hacer personajes mayores. Es también un "animal
de actuación", pero con ella sí siento que tengo
la posibilidad de dirigirla. Y estamos tan profundamente identificados
que nos basta hablar para llegar al estado de ánimo del personaje
que estemos montando. Es una actriz muy creativa, que se apoya en
sus sentimientos.
"En las
dos puedes confiar. Son capaces de sentir, de saber cuando están
bien y cuando no".
Esperamos que
Fernando Pérez pueda encontrar financiamiento para traducir
al lenguaje de las imágenes esos proyectos suyos de un amor,
en La Habana del siglo XXI, y sobre un personaje popular, ya parte
de la leyenda, el Andarín Carvajal porque este artista, este
hombre no sólo tiene intensa y penetrante la mirada, y la
retina crítica sino también ese especialísimo
sentido del humor, tan incisivo por la sutileza de su ironía
con el que nos regala en su cine, por todas estas razones transido
de cubanía.
Notas:
l, 2 y 3 son citas tomadas de mi trabajo Filmar... silbar a la manera
de Fernando Pérez, publicado en la revista Prisma, año
26 No. 294, pp. 32-33 1999, julio-agosto de 1999.
Las otras citas son de una larga entrevista inédita que la
autora realizó para su libro en preparación sobre
la obra y la vida de este realizador cubano.
*Poeta, narradora, ensayista, crítica
y periodista. Doctora en Ciencias Históricas y Licenciada
en Lengua y Literaturas Hispánicas. Su obra de reconocido
prestigio ha recibido múltiples e importantes premios.
Revista
Cine
Cubano
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