Por
Ian Craig*
De pequeño,
el cineasta Rigoberto López (La Habana, 1947) veía documentales
sobre los felinos de las praderas africanas y su padre lo llevó
a ver Peter Pan. Desde este momento, sintió la doble vocación
de crear cine y de viajar. Es lógico, por lo tanto, que se
decantara por el cine documental y que acabara haciendo cine y televisión
en varios países africanos, así como en otros latinoamericanos
y caribeños. En esta entrevista, realizada durante el 22. Festival
del Nuevo Cine Latinoamericano en diciembre de 2000, abarca temas
como su conciencia del Caribe, el cine sobre música latina,
su último documental sobre Puerto Príncipe, y su nuevo
proyecto de ficción.
Cuéntenos
cómo la experiencia del Caribe ha influido en su cine.
Yo llevo muchos
años sintiéndome conscientemente un hombre del Caribe.
Mi cubanía misma me llevó a sentirme de alguna manera
trascendido como caribeño. Y creo que una forma de entender
a mi propio país ha sido este acercamiento a los países
del Caribe. Me ha ayudado como quien se mira en un espejo, y el
espejo te devuelve una imagen multiplicada de tí mismo, o
te devuelve ángulos que de otra manera no puedes ver de tí
mismo. Me dio una perspectiva de nosotros mismos.
Fui a Granada
durante el gobierno de Maurice Bishop, de ahí surgió
un proyecto de documental, que luego la historia dramáticamente
quiso que alcanzara una cierta celebridad, Granada, despegue de
un sueño. Cobró esta celebridad porque resultó
ser la última entrevista que Bishop diera en vida ante una
cámara y se convirtió este testimonio, de alguna manera,
en su alegato final, una suerte de testamento político y
poético, sobre el Caribe, sobre su visión del Caribe
y de su propio país. El documental tiene como centro el tema
de la controversia entre el gobierno de Reagan y el gobierno de
Bishop en torno a la construcción del aeropuerto de Points-Salines.
La invasión de los Estados Unidos a Granada hizo que este
documental, en el que se revela la verdad en torno a la construcción
del aeropuerto, y en el que el propio Bishop tenía la oportunidad
de expresarse así como mucha otra gente de Granada, cobró
una relevancia testimonial extraordinaria, fue muy visto internacionalmente
y alcanzó no solo una gran audiencia sino una variedad de
reconocimientos y de premios.
En Barbados,
tuve oportunidad de hablar con el entonces secretario de Cultura
y constaté que más allá de la barrera idiomática
e incluso de tradiciones culturales diferentes, como pueden ser
las que se dan entre un país que fue ex-colonia española
y un país que haya sido ex-colonia británica, es fácil
encontrar muchas semejanzas, muchos vasos comunicantes y muchos
puntos en común. La impronta de las culturas africanas siempre
aparece entre nosotros como un puente, siempre son como un sustrato
que está ahí abonando un posible diálogo y
un entendimiento muy pronto, muy fácil.
En mi película Junto al golfo, quise aprovechar la realización
en 1979 en La Habana del Carifesta para demostrar que la danza es
un lenguaje extraverbal que históricamente ha funcionado
como un hilo de comunicación, un diálogo permanente
entre los distintos países del Caribe en sus diferentes áreas
lingüísticas y culturales, es decir, quise mostrar cuánta
semejanza hay, compartiendo una misma zona poética, en términos
de la espiritualidad de nuestros países, cuánto de
común hay en las danzas y en la gestualidad de barbadenses,
granadinos, santalucianos, o cubanos, o haitianos. También
quise buscar la contribución de algunas figuras muy prominentes
de la literatura caribeña como George Lamming, gran narrador
barbadense, y del poeta Edouard Glissant, de Martinica, y del poeta
y narrrador René Depestre, de Haití. Estos escritores,
desde su visión poética del Caribe y desde alguna
reflexión histórica, ayudan a subrayar esta zona que
compartimos en común en nuestra espiritualidad, en nuestras
identidades, que es la danza.
¿Considera
que su película Yo soy del son a la salsa constituye un precursor
de la avalancha de películas sobre la música cubana?
Quizás
aparecería inmodesto que yo lo diga, pero ya lo están
diciendo otros. Yo soy del son a la salsa de alguna manera abrió
una puerta y llamó la atención sobre una línea
de trabajo dentro del cine, teniendo a la música cubana y
a los músicos cubanos como centro. No se había realizado
antes una película de estas características. Cuenta
una historia que va desde los orígenes del son cubano en
las montañas del Oriente de Cuba hasta esta música
bailable que el mundo usualmente llama Salsa, con la particularidad
de que está narrada a través de muchas de las figuras
que han hecho célebre esta música en el mundo: cubanos,
latinos de Nueva York, de Puerto Rico, un venezolano como Oscar
D'León, dan cuenta de este tema.
El estreno de
esta película en La Habana durante el Festival del Nuevo
Cine Latinoamericano fue todo un acontecimiento. Fue ovacionado
constantemente durante su proyección
o más
bien no ovacionada tanto la película, sino los que aparecían
en ella, aquellos personajes en los que el público cubano
se reconocía, lo que decían, las afirmaciones que
hacía este largometraje documental a través de ellos.
Yo soy del son
a la salsa, desdichadamente, no ha tenido la difusión internacional
que estaba llamado a tener: una película que tiene nueve
premios internacionales, que ganó los principales galardones
en los festivales de cine documental en todo el mundo, que fue presentada
en proyecciones especiales fuera de concurso en festivales Clase
A, como puede ser el Festival de San Sebastián o el de Toronto...
Desgraciadamente,
el productor de la película, el Sr. Ralph Mercado, dueño
de la compañía RMM, entró en un litigio por
una demanda que un compositor puertorriqueño decidió
poner, porque un tema suyo había aparecido sin su autorización.
Lo usé, como tantos otros, con un gran amor hacia esta música
y con un gran amor hacia lo que esta película podía
significar como testimonio del valor y la fuerza no solo de la música
nuestra sino de nuestra propia identidad como latinos. Con esta
vocación realicé esta película y con esta vocación
se utilizaron todos los temas que incluye, con la generosidad de
todos los que aparecen. Ninguno cobró un centavo, y todos
dieron su consentimiento. En el caso de este músico puertorriqueño,
hubo un malentendido. Se dijo que se podía utilizar y yo
lo hice. Muy lamentablemente para la película -no tanto para
el provecho personal de este señor, porque ganó el
litigio- todo esto hizo que a la postre se paralizara la difusión
internacional de Yo soy del son a la salsa. Justamente en este período
aparece un documental realizado, como ya es muy conocido, por el
notable cineasta Wim Wenders sobre el proyecto musical Buena Vista
Social Club.
Tanto Ry Cooder
como Wim Wenders son extranjeros, mientras tú te has nutrido
de esta música desde pequeño
¿Qué
opinión tienes del rigor o de la profundidad del retrato
de la música cubana que realiza una película como
Buena Vista Social Club?
Siempre he preferido
no dar una respuesta a este tipo de pregunta
por respeto a
Wenders y porque la gran difusión que ha tenido su película
ha hecho un favor a nuestra música. Sin embargo, tengo opiniones
muy personales, con las que he querido ser discreto porque son críticas,
y quisiera resumirlas diciendo que la visión de Wenders y
de Ry Cooder sobre nuestra realidad y el tratamiento que ofrece
Buena Vista Social Club a estos personajes, realmente yo no lo comparto.
Creo que la manera en que está narrada quiere decirnos: he
aquí un grupo de músicos olvidados, músicos
de gran calidad, y mira qué maravilla de disco pueden grabar
con nosotros, que hemos venido a rescatarlos del olvido.
Pero me he preguntado
si el tema de ese documental es solamente contarnos la historia
de un grupo de músicos magníficos olvidados -o no
de moda- y cómo grabaron un disco maravilloso, ¿por
qué todos los carros que aparecen son carros viejos de los
años 40, 50, en una ciudad donde hay carros de todo tipo
-los hay de los 40, de los 50, pero también los hay de los
80 y los 90- donde todas las imágenes son de una visión
deteriorada de nuestro entorno, todo es un tanto sórdido,
feo, despintado, poco alentador, desesperanzador, todo es nostálgico?
Creo que hay un subrayado hacia una intención nostálgica,
y por lo tanto cabría preguntarme yo, ¿por qué
precisamente esta manera de hacer este documental? Porque, qué
curioso en la manera en que se traslada Ry Cooder y su hijo con
aquellas camisas tropicales llenas de palmeras, tan simpáticas
y vaporosas
se trasladan en una motocicleta rusa, de esas
que usualmente veíamos en las películas de guerra
soviéticas
Existen ciertos acentos en ese documental
que no comparto
Te confieso
que me chocó ver a algunos de nuestros músicos caminando
por Manhattan y entonces Wim Wenders nos los muestra con aquellas
expresiones: "Ah, esto sí es la vida
" Soy
uno de esos maravillados por esa ciudad, pero tanto Wenders como
cualquiera que esté iniciado en los asuntos del cine sabe
que no es solo lo que las cosas dicen, sino cómo lo dicen
y en el lugar en el que se dicen
Ahí se desliza para
mí un matiz que recibo como un poco paternalista. No hubiese
querido ser tan explícito porque respeto y admiro al cineasta
que hizo Paris Texas, por ejemplo, pero ya que insistes no puedo
seguir rehuyendo una opinión, que digo con entera sinceridad
y sin ningún ánimo malediciente.
Existe una versión
de la historia que afirma que el son -como música de la época
de la esclavitud- estaba mal visto en una determinada época
de la Revolución, que prefirió impulsar la Nueva Trova
¿Es cierto que estos músicos estaban en el olvido?
Vamos a decir
las cosas un poco como son. Un cantante, del que yo gusto, que es
Ibrahim Ferrer, al que incluso lo llaman el Nat King Cole cubano,
nunca fue una estrella en la música cubana ni en los 50 ni
en los 60 ni en los 70. Ibrahim Ferrer era cantante de coro en la
orquesta de Chepín Chovén y luego en la de Pacho Alonso.
Que a Ibrahim ahora podamos disfrutarlo como solista me parece fantástico,
pero crearnos la idea de que estamos ante un hombre que llegó
a ser una gran figura solista en los tiempos en que Benny Moré
acaparaba sin duda alguna el protagonismo, o Miguelito Cuní,
o Tito Gómez, etc
. Hay que decir que Ibrahim Ferrer
en esos tiempos no era una celebridad como éstos que he mencionado.
No se trata del caso de alguien que tuvo una gran celebridad y que
luego fue olvidado. Ciertamente, la música tradicional cubana
fue durante un buen tiempo relegada ante la avalancha de nuevos
ritmos. Las nuevas generaciones siguieron más estos nuevos
ritmos y que, a su vez -lo cual fue un criterio equívoco
en la difusión-, la música tradicional cubana dejó
de tener un acento y una presencia, algo muy lamentable en mi opinión.
Me parece justo
el relanzamiento de todos estos músicos. No debe existir
ninguna contradicción entre las agrupaciones musicales más
contemporáneas como pueden ser agrupaciones de la calidad
de Los VanVan, como Adalberto Álvarez y su Son, y otros ejemplos
de esencias de lo mejor de nuestra música popular tradicional.
Igualmente merecida es una película a VanVan porque Juan
Formell ha logrado una hazaña: ser la orquesta líder
en un país de bailadores como Cuba durante 30 años;
treinta en los que han marcado la vanguardia de la música
popular bailable en Cuba.
Creo que estamos
viviendo un gran momento para la música cubana y para la
cultura cubana en general. Sí hubo períodos de más
o menos largos equívocos, en los que existía una gran
presencia por un lado de la canción contemporánea,
la Nueva Trova, etc. y agrupaciones populares bailables contemporáneas
que vinieron después, y aquellas viejas melodías quedaron
un poco relegadas. De todos modos, las generaciones traen consigo
su música. La cultura y los mercados de la cultura son un
fenómeno pendular. Soy de los que piensan que vamos a volver
hacia momentos más espirituales -ojalá que así
sea y que dure- y parte importante de esta espiritualidad que el
hombre necesita la está dando la música cubana tradicional,
la están dando estos viejitos extraordinarios que arrebatan
a los públicos en todas partes del mundo, que a veces sin
entender lo que está diciendo Omara cuando está cantando
con Ibrahim Silencio, "que están durmiendo los nardos
y las azucenas", hay mujeres que lloran en París o en
Estocolmo.
¿Cómo
te surgió la necesidad de rodar Puerto Príncipe mío?
Como decía
antes, desde hace años me he sentido muy cerca del mundo
del Caribe, y en el Caribe, Haití es una referencia muy obligada.
Siempre digo que fue como un noviazgo a distancia que tuve con Haití.
Recordaba la influencia que había tenido Haití en
Carpentier, de lo que resultó esta obra maravillosa que es
El reino de este mundo, o la que haya tenido en Nicolás Guillén
o en el propio Lam. Siempre sentía que Haití era una
asignatura pendiente.
Las personas
que dirigían la comisión por el 250 aniversario de
Puerto Príncipe decidieron que se debía realizar un
documental sobre la dramática situación de esta ciudad,
y tuvieron a bien -cosa que les agradezco mucho- invitarme a realizarlo.
Fue el resultado del trabajo de un equipo cubano -camarógrafos,
sonidistas- y colaboradores haitianos, concretamente el trabajo
de producción, de investigación de campo, lo realizaron
dos compañeras haitianas, con la asesoría de un prestigioso
intelectual de Haití, Frantz Voltaire, un gran amigo, que
fue quien me invitó personalmente a que yo dirigiera Puerto
Príncipe mío.
Salen muchas
mujeres en Puerto Príncipe mío. ¿Te interesa
especialmente el punto de vista de la mujer haitiana?
En Haití
en particular, la mujer desempeña un rol central. La gran
protagonista de la sociedad tradicional haitiana es la mujer. La
mujer en Haití es lo que en términos de vudú
se llama el Potomitan, que es un tronco que se erige en el centro
del área donde se celebran los ritos del vudú. Ese
Potomitan es el centro gravitacional de toda esa cultura. La mujer
haitiana es el Potomitan de la familia haitiana: la ascendencia
que tiene sobre la familia, sobre los hijos es muy importante. En
términos de cotidianidad, de práctica diaria, es la
que más sufre. La mujer haitiana trabaja vendiendo aquello
o lo otro, en Puerto Príncipe, o sembrando, cuida a los niños,
busca cómo alimentar la familia, atiende la casa
es
la heroína diaria de la odisea haitiana y hacia ella convergen
todos los elementos del drama haitiano con mucha fuerza y por eso
tiene mucha presencia en el documental.
También
existe una escena clave en la que el hombre haitiano sale con todo
su patetismo: cuando vemos al hombre con su carretón que
se queda atrancado en un pozo
Esta escena
para mí es síntesis del drama haitiano. Cuando se
exhibió el documental en un seminario internacional sobre
los Mitos del Caribe en la Casa de las Américas fue recibido
de una manera muy positiva y emotiva. Varias veces hubo quien me
preguntó "¿Cuál usted cree que sea la
solución para Haití?". Imagínese. Primero,
por supuesto, tuve que explicar que no soy un político: soy
poeta, pero si me voy a remitir a mi propio documental, la escena
del hombre del carretón que cae en un hueco lleno de lodo
y aguas negras, y que él solo intenta salir del hueco con
su carga y no puede y tiene que esperar a que venga un carro y lo
golpea atrás para saltar de aquel hueco, para mí resume
es una gran metáfora de lo que sucede en Haití. Él
solo no puede. Y por eso hice ese documental. Intenta sensibilizar
a la opinión pública internacional, a los organismos
financieros internacionales, a la intelectualidad del mundo, a los
urbanistas, a los arquitectos, a los ecologistas, sobre un drama
muy poco conocido, porque realmente es muy poco conocido lo que
sucede en Puerto Príncipe. Tantos y tantos amigos de América
Latina que se asombraban o se impactaban con lo que habían
visto, pero Haití está en América Latina, Haití
está en el Caribe
Este proyecto
me demostró una vez más, y fuera de toda retórica,
el valor que tiene la imagen, que tiene un documental para revelar
una realidad como esa. Yo mismo me pregunto, ¿cómo
podría describirse, en términos literarios, un drama
como el que este documental te permite ver? Creo que solo viéndolo
es creíble, es plausible.
¿Alguien
se negó en algún momento a que le filmaras?
A veces llegábamos
a un lugar, supónte al mercado, y había gente que
ponía las manos para no ser filmada, o protestaban o se ponían
agresivos, escondían la cara. Pero esto tiene una explicación:
sencillamente están hartos de que se les utilice como objeto,
de que vayan extranjeros con cámaras a filmarlos como si
fueran animales exóticos, museables. Rechazan lo que para
ellos puede ser una ofensa. Pero cuando algunas de estas personas
que habían hecho el trabajo de campo, de investigación,
cuando esas personas les hablaban en creole y les explicaban cuál
era la intención de nuestro trabajo, y, además, les
explicaban que éramos cubanos, todo cambiaba. Ahí
hubo receptividad y hasta simpatía. Ahí también
pude constatar un legítimo sentimiento de orgullo nacional,
porque sienten hacia Cuba una gran admiración, un gran respeto
y cariño. No se debe olvidar no solo la larga relación
histórico-cultural entre los dos países, sino también
la cantidad de emigrantes haitianos que vivieron en Cuba, que cortaron
caña en las zafras cubanas, que se asentaron en las zonas
orientales, en Camagüey
Y hoy no se debe olvidar el trabajo
que están haciendo los médicos cubanos en Haití,
donde son reverenciados porque hacen una labor admirable.
Háblanos
sobre tus proyectos en el cine de ficción.
Siempre he querido
hacer ficción, pero en cuanto a los métodos o las
políticas que han determinado quién hacía ficción,
estos vientos no soplaban a mi favor... Pero nunca he dejado de
hacer cine y gracias a esto ahí está una obra que
me permite disponerme ahora a hacer un largometraje de ficción
que se va a llamar Roble de olor. Es una película muy muy
caribeña, que se mueve en la poética de lo real maravilloso
y está inspirada en una historia de amor real que es el pretexto
a partir del cual construyo un discurso ficcionado. Es un guión
mío y del excelente teatrista cubano Eugenio Hernández
Espinosa y está inspirado en una crónica que publicara
en un periódico Leonardo Padura, un escritor cubano, relacionado
con la anécdota de una historia de amor que protagonizó
una negra procedente de Saint Domingue y un alemán, los cuales
fundaron lo que llegó a ser el cafetal más grande
del occidente cubano y que da lugar a la narración de una
historia que pretende hacer un discurso utópico contra la
intolerancia y sobre las posibilidades y los riesgos de la construcción
de una utopía. También con el propio dramaturgo hemos
elaborado El rescate de Sanguily, un guión inspirado en un
episodio de nuestras luchas independentistas llevado a cabo por
una figura emblemática, Ignacio Agramonte.
* Investigador
y profesor de español en el Departamento de Idiomas, Lingüística
y Literatura en la Universidad de las Antillas Occidentales, en
Barbados.
Cortesía de la Revista CineCubano
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