En
el año del centenario de Alejo Carpentier.
Una de las figuras universales del cine, el ruso Serguei Eisenstein,
no sólo conmovió la pupila de Alejo
Carpentier desde El acorazado Potemkin, sino que fue su amigo.
Por eso, cuando se acercó a la obra del realizador, pudo
hacerlo desde la intimidad del afecto y del conocimiento de un ser
humano que igual le deslumbraba por su "poder de indagación
psicológica".
Ambos recorrieron París, años antes de la Segunda
Guerra Mundial: "lo acompañé varias veces en
una navegación, a bordo de chalanas carboneras, a lo largo
del canal subterráneo que comunica al Sena con el río
Oureq", relataría el escritor cubano.
Y es que las crónicas carpenterianas no son producto de
abstracciones, sino hijas del diálogo vivo con la cultura,
en ocasiones, aprehendidas como un espectador informado y sensible,
y en muchas oportunidades, como protagonista de los sucesos que
nos narra.
Intelectual de fibra, hombre de su tiempo, Alejo nutría
su escritura del contacto directo con el mundo, y se apropiaba de
la realidad desde la experiencia rica de aquellos años suyos
en el París de la entreguerra que fueron decisivos para su
creatividad, como un viaje en el tiempo, que a veces pudo compartir
con el genio de un Eisenstein.
Por las calles y avenidas de la Ciudad Luz, dialogaron de sus pasiones
y fobias, y él recordara la admiración del ruso por
"la obra de James Joyce. "Ulises le parecía una
obra fundamental".
Insertados en la experimentación y en la búsqueda,
ambos compartieron también la inquietud del descubrimiento
de la realidad desde otras aristas, imantados por el espíritu
artístico.
Así, igualmente, apreciaron en sus recorridos "los
lugares donde los contrastes de las luces y las sombras pudieran
responder a sus preocupaciones profundas".
En la exploración hacia un lenguaje cinematográfico
renovador y sustancial, Eisenstein se encontraría, al decir
de Carpentier, con el Teatro Kabuki del Japón, necesitado
de otra realidad que lo llevase, por el camino de las esencias,
precisamente hacia la realidad.
Era el ruso un hombre como Goethe, según Alejo, devorador
de la cultura universal, ansioso por leerlo todo, por vivirlo todo:
"un hombre que tomaba el arte muy en serio."
Publicado en el Periódico Trabajadores
y en Boletín Cubaliteraria.
Más sobre la vida y obra de Alejo Carpentier
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