Aun
antes de que comenzara a ser conocida su obra, allá por 1983,
Santiago Rodríguez Olazábal (La Habana, 1955) había
trabajado insistentemente los temas de la religión afrocubana,
la santería o Regla de Ocha o, como él prefiere nombrarlo,
el tema del culto o adoración a los orishas. Hoy, veinte años
después, piensa continuar con la temática, pues, según
confiesa, no ha agotado lo que tiene que expresar y cada día
le surgen nuevas ideas.
Porque su relación con los cultos afrocubanos es su razón
de ser, y la práctica le ha llevado el descubrimiento de un
mundo espiritual sin límites, que además de dar un sentido
a su vida se convierten en la fuente esencial de su creación
artística.
La exposición personal del artista, presentada en la galería
Pequeño formato del Consejo Nacional de las Artes Plásticas
en La Habana, fue apenas un vistazo a su obra, luego de varios años
sin realizar muestras personales en Cuba. En ella, a partir del
culto afrocubano trató nuevas aristas como el tema de la
vida–muerte–reencarnación, y en los dibujos también
aparecieron divinidades poco conocidas, incluso, hasta por sacerdotes
practicantes, divinidades al servicio de Orunmila, dios del culto
de Ifá.
Para Santiago, la relación imagen–palabra no resulta
tan fácil como la supremacía o subordinación
de una a otra. Que sea un pintor podría presuponer una vocación
manifiesta por lo visual, sin embargo, ya en 1988 durante su muestra
La Oración, el artista explicaba con palabras lo que también
sus imágenes evocaban y el profundo conflicto entre ambas.
Decía entonces que “la imagen está subyugada
a la palabra, al símbolo, pero también el símbolo
como imagen sígnica lleva implícita la mística
de la palabra y ello es un vínculo para fortalecer dicho
concepto, pues la imagen o el signo, según se quiera apreciar,
llega después de un proceso conciente de la oración
o el rezo a tratar, sea lo más probable que el concepto fuera
más fuerte que la imagen y que la palabra prime por encima
del significado”.
En su religión es muy importante la palabra, la oración,
el rezo, pues permiten la transmisión del pensamiento y la
energía. Orar es un vehículo para trasmitir, para
comunicarse con la deidad. Con la palabra se conjura, hacemos encantación,
ella permite elevar prédica, dialogar con las fuerzas del
más allá que están más acá. Para
Santiago, la palabra permite el acceso a las divinidades. La palabra
es imagen que sugiere idea. La herramienta del poeta no es solo
la palabra sino las imágenes que puede sugerir a través
de ella
“Cuando concibo una idea, la veo terminada, concibo la idea
y la forma juntas, es como una película o un libro, en el
que hay un tema central y varios subalternos, numerosos personajes,
pero saber que existe todo ese embrollo no desvirtúa la idea
central sino más bien la refuerza, ayuda a definir el concepto”.
Los dibujos que conforman la muestra señalada y otros muchos
del artista no solo demuestran un dominio técnico sin cuestionamientos,
sino la existencia de un alma que apenas precisa de un trazo certero
para mostrarse toda.
“Creo en la economía de recursos, el dibujo es un
tipo de caligrafía. Con Picasso, con Cezane, aprendí
que mientras menos recursos uses, sientes más. Yo no tengo
miedo al vacío, me gustan los espacios, no me interesa recargar
un cuadro, es más importante el horizonte que la línea
del horizonte, una mancha, una línea precisa. A eso le llamo
usar el recurso mínimo, no me lo propongo, pero sale así.
Hay cosas que uno no ve y por eso no dejan de ser importantes”.
La obra de Santiago, conocida no solo en Cuba sino también
en Holanda, Italia, España, evoca un mundo místico
en el que no hace falta ser creyente para sentir las vibraciones
y emociones que saltan de los trazos, dibujos que vienen a inundar
nuestros rincones personales, escapándose de los espacios
en que Santiago Rodríguez Olazábal las creó,
huyendo en forma de imagen que se vuelve palabra, o al revés,
llenándonos de íconos las palabras que muchos hubiésemos
querido pintar.
Tomado de la
Jiribilla. 2003
Obras en venta en Tienda
de Pinturas.
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