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Rita
Longa. Premio Nacional de Artes Plásticas compartido con
Agustín
Cárdenas, 1995
Por
Alejandro G. Alonso
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Como
la corona de una carrera hay que contemplar el otorgamiento del Premio
Nacional de Artes Plásticas; tal es - justamente - el sentido de esta
recompensa que en el año 1995 recibiera Rita Longa, una mujer que
-desde muy temprano en su carrera- ha estado bregando con la ardua
tarea de ubicar volúmenes en el espacio. Situada en un momento de
tanta significación, es esta una oportunidad excepcional para el resumen,
la visión panorámica o, al menos antológica acerca de en qué ha consistido
el aporte, hasta donde la obra alcanza definición, estilo o ese sello
personal que permite, ante cualquier pieza suelta, decirnos: estamos
ante un original de la artista.
El diapason de esta creadora es amplio; va desde la pequeña obra -digamos
de cámara- hasta el conjunto monumental o la estructura destinada
a calificar el ambiente; toca los materiales provisionales y también
los definitivos, donde la mano tuvo ocasión de concretar con todas
las consecuencias del caso la idea con la idea con las posibilidades
que da el bronce, el mármol, la madera... Semánticamente, encontramos
en su labor un gusto por lo sensual, lo táctil, la sublimación de
formas que escogieron las líneas del cuerpo femenino como emblema
de masas reconocibles, penetradas del vacío, rozando en ulterior desarrollo
la abstracción, pero muy
a menudo ligadas a ese norte que marca un rumbo en el cual la coherencia
revela el esfuerzo. ¿Quiere esto decir que no ha sondeado otros caminos?
Por supuesto que no; la inquietud, la experimentación, los buscados
matices, llevaron a Rita al sondeo de lo constructivo, a la utilización
del objeto encontrado o de la chatarra, según vías transitadas a manera
de alternativa donde el alter ego que halla en una mujer de proporciones
longilíneas, especie de correlato estético, parece agazaparse para
luego saltar a otro ejemplo recurrente de lo que ha constituido motivo
constante de un trabajo profesional iniciado en 1932. De cualquier
modo, en el planteamiento más racional de la autora, está siempre
el sentido del ritmo, el fluir de una conciencia que siendo rasgo
propio de un intelecto cultivado, recorre las ansias hedonistas de
quien ha tenido ocasión de gozar la vida en toda su plenitud. Sin
abruptas rupturas, como el mítico rey Jano, con una cara vuelta a
la tradición -al pasado- y otra apuntada al porvenir, a la innovación,
llega a tocar los extravíos del deseo de cambio y transformación.
Las mujeres de Rita -sin duda eterna motivación- se apoyan en la gran
tradición clásica, que admira en su doble potencialidad de solidez
masiva y sugerencia simbólica al hacer del cuerpo humano centro, norma
y medida de la existencia y las fuerzas que mueven el universo. Tienen
tales figuras, la rotunda afirmación que tomaron los remanentes antiguos,
Bourdelle y Maillol, son similar distancia a la hora de asimilar la
herencia con respecto a aquello que provoca el admirado sentido de
quien se iniciaba ante el proyecto de lo ya decantado por siglos y
más siglos de depuración. A ello, sumemos una pizca del chic que aportó
al modernismo la elegancia del Art Deco, y tendremos -grosso modo-
la plataforma de despegue de la escultora.
Estilizar, ir al abordaje del material escogido para dejar plasmado
eso ambigüo e inasible - ¿la inspiración?-, con la seguridad
de que cada uno tiene propiedades intrínsecas y que la tarea radica
en liberarlo de todo lo superfluo -en gesto michelangelesco- para
iniciar el canto. Por estos andurriales detectamos la clave de concepciones
que tuvieron en cuenta la realización individual; pero que, con nobleza,
generosidad y modestia, supieron respetar los niveles perceptivos
de su auditorio, las demandas de los equipos interdisciplinarios en
los que nada infrecuentemente figuró; y, por último, y no menos importante,
el ambiente físico donde se insertarían sus creaciones. Así, los trabajos
de Rita Longa tienen permanencia garantizada; alteraciones urbanísticas,
desastres ambientales, cambios estéticos y modas no han afectado la
eficacia comunicativa de sus obras.
Una realización muy temprana, el boceto de 1941 para la Fuente de
los mártires, emplazada en 1947, enseña los elementos esenciales de
un período en el cual hace de los cuerpos un vehículo expresivo de
la metáfora; la lírica línea que limita los volúmenes del elemento
central, tiene su eco en el vaso y los delicados chorros de agua del
proyecto original, alcanzando estrecha colaboración con el arquitecto
Horacio Collete, en el parque dedicado a los muertos por la patria,
que está aledaño al Paseo del Prado, donde se inicia la famosa vía,
en el area que una vez ocupara la funesta cárcel de La Habana. Este
capítulo de la colaboración de la escultora en encomiendas de tipo
ambiental, resulta plagado de obras que, como Grupo Familiar, bronce
ubicado a la entrada del Parque Zoológico de Nuevo Vedado, en Ciudad
de La Habana, debido a la colaboración con el arquitecto Antonio Quintana,
han alcanzado gran popularidad. En el caso de la Virgen del Camino,
la acertada concepción de la autora, logró que una imagen inexistente
en el repertorio católico de divinidades, se hiciera objeto de culto,
que la hace receptora de flores y plegarias.
No
es poca recompensa para quien -por otra parte- ha trabajado la iconografía
católica con dedicación y éxito; recordar Santa Rita, 1943, yeso patinado
que todavía espera su fundición en bronce, ideada especialmente para
el altar mayor de la iglesia homónima del reparto Miramar de La Habana,
y cuyo desplazamiento a una de las capillas laterales del templo vulnera
la existencia del proyecto, concebido en términos de una discreta
modernidad donde la labor de Rita se ajustaba perfectamente al austero
estilo del arquitecto Víctor Morales como jefe de los trabajos. No
son excepciones dentro de esa línea de creación, pues su sencilla
pero devota y anticonvencional fe, se ha concretado con acierto en
casos de toda escala: pensemos en el Sagrado Corazón, piedra fundida
para el Centro Médico Quirúrgico de El Vedado; el Bonus Pastor (desaparecido)
piedra en los jardines del Seminario del Buen Pastor, Arroyo Arenas;
o Pietá, de 1957, mármol en un panteón del Cementerio de Colón, entre
otros.
Temas terrenales ligados a diversas demandas han dejado un rastro
que incluye la obra Cáncer, 1945, Premio de la Gold Medal Exhibition
of the Architectural Leage of New York en 1951; Forma, espacio y luz,
1953, mármol emplazado en la fachada del Palacio de Bellas Artes,
La Habana; o el indio Hatuey, 1955, bronce devenido en símbolo de
la famosa cerveza homónima. Rita Longa, pues, ha estado vinculada
a empresas de determinado peso en la vida nacional, ya sea cuando
hizo los relieves de las Musas y la escultura Ilusión para el teatro
Payret (proyecto de su primo Eugenio Batista) o Ballerina, símbolo
del internacionalmente conocido Cabaret Tropicana.
Rita Longa es una destacada promotora de la escultura, lo cual redondea
esa personalidad tan firmemente anclada al desarrollo cultural del
país; en fin, puede decirse que la artista, en esencia y presencia,
como activo factor de todo evento de importancia, consigue, en obra
de madurez, una de las más cuajadas piezas monumentales de la hechas
acá luego del triunfo de la Revolución, el Bosque de los Héroes, 1973,
en Santiago de Cuba, donde hallan punto de fusión las dos tendencias
principales detectables en el trabajo de la escultora: de lejos, la
dinámica estructura representativa del proceso de abstracción hacia
el cual derivó su obra, adecuadamente inserta en el trazado urbanístico,
con figuras reconocibles e identificadas, de quienes son receptores
del tributo. Estamos ante una obra de síntesis, tal como lo es La
muerte del Cisne, en los jardines del Teatro Nacional de la Plaza
de la Revolución de La Habana; allí, en otros términos -mucho más
orgánicos en su referencia al cuerpo humano- hallamos una excelente
combinación de componentes abstractas y figurativas, junto al constante
fluir de líneas y volúmenes que caracterizan a su autora.
En 1995 se situó a la entrada de Matanzas una estructura metálica
proyectada por ella, cuyo juego en el espacio enseña alternativas
diversas -claro- de las que pueden apreciarse en Figura Trunca, terracota
de 1937, que en el muy discutido ll Salón Nacional de Pintura y Escultura,
1938, alcanzara el segundo premio; aquí, una de las muchas mujeres
-ya arquetípicas - que otra mujer concibiera con ese especial tono
que dota de grandeza y aspiraciones de realización monumental hasta
la mínima pieza de cámara, el bello torso que utiliza a guisa de creadora
para aludir al todo por la parte. Precisamente este tipo de obras,
dentro de las cuales se destacan bellos fragmentos, moderados o retadores,
los bustos que retratan personalidades del pasado o de la época que
le tocó vivir, jalonan el panorama en que se ubica Rita, siempre discreta,
elegante, comprensiva y dispuesta a servir al objetivo mayor del proyecto,
sin olvidar por eso la íntima efusión de su delicada sensibilidad.
Cortesía del
Consejo
Nacional de las Artes Plástica
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Nacionales.Consejo Nacional de Artes Plásticas
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