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La obra de Girona es un enorme “iceberg”, vemos erguirse, imponente
sólo aquello que el artista ha dejado asomar.
Colores, líneas, formas, signos. A veces es bien poco. Acaso rostros,
cuerpos. Apenas nada. Y sin embargo, todo está allí. Un cuadro suyo
es siempre ese mínimo octavo prodigioso. No queda nada sino tirarse
de cabeza y abrir los ojos bajo el agua. Y recordar, antes de zambullirse,
aquel secreto que la zorra le dijo al Pequeño Príncipe: “Oye mi
secreto. Es muy simple. No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial
es invisible para los ojos”.
Uno verá brillar, aquí y allá, raros fragmentos del témpano de abajo.
Quizás entonces llegue a descubrir, entre los miles de fragmentos
posibles, los 7/8 misteriosos(...)
(...)Buscamos
con lupa la génesis de las obras de arte. Revisamos antecedentes
hasta los más remotos. Miramos montañas de láminas. Reconstruimos.
Comparamos. Clasificamos. Historiamos. Logramos ecuaciones perfectas.
Garabato infantil, más caligrafía japonesa, más automatismo psíquico
surrealista, más “action painting” norteamericana, igual a esto
y a lo otro.
Pero digamos que mientras Julio conversa por teléfono dibuja sobre
un pedazo de papel. Si del otro lado de la línea hay un hombre,
los garabatos son duros, cuadrados, geométricos.
Hablando con mujeres, el papel se llena súbitamente de líneas finas,
ondulantes, de trazos suaves, a veces desgarrados, violentos. Luego
muchos de sus dibujos, de sus cuadros, a los que seguimos denominando
abstractos, son verdaderos “retratos” telefónicos, y también, por
supuesto, “autorretratos”. Quizás debamos echar mano a la exhaustiva
Guía Telefónica. Volver a revisar, reconstruir, compara, clasificar,
historiar, con nuevos datos, la génesis de las obras de arte(...)
(...) “Creo que no te estamos dando suficiente” -le dijo a Julio
preocupada una de sus hermanas frente a uno de sus cuadros. Julio
se ríe haciendo el cuento- “ y es que en verdad parece un plato
de frijoles”. Senos, falos, nalgas, piernas de puerco, mesas servidas,
paredes desconchadas, frijoles, caramelos.
De todo puede hallarse en sus cuadros. Como pintor abstracto, Girona
ha transitado por muchos de los rumbos posibles: abstracción simbólica,
pintura del gesto, del signo, espacialismo, y en ninguno ha podido
librarse totalmente del “castigo” de las analogías.
A veces lo traicionan los títulos; otras, nuestra propia experiencia
descubre un cómodo lugar donde apoyar su expectativa.
Desfallecemos ante una tela con un brochazo, azul. ¿Qué hay aquí?
Siempre quisiera entrarse al cuadro como a un acertijo. Luego de
haber convencionalizado todas nuestras operaciones figurativas,
hasta identificar en dos punticos y una curva debajo del esquema
de un rostro, miramos lo no-figurativo con sabia picardía. “Ya lo
tengo -gritamos- esa mancha azul es el mar”. Despacio, amigo. Sólo
el mar es el mar. Disfrutemos primero del brochazo azul sobre la
tela, y luego veremos. También están el cielo, los ojos de fulana,
el zafiro o la tristeza, según sean los espectadores meteorólogos,
enamorados, joyeros o poetas. Miremos el brochazo. El azul. Y después,
o en cualquier orden, todo lo que se quiera. La pintura también
es pintura...
Cortesía
del Consejo
Nacional de las Artes Plásticas
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