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El
grabado durante la etapa colonial exhibe un recorrido interesante;
las primeras tallas xilográficas, hasta ahora conocidas,
se localizan, aunque en número reducido, en el siglo XVIII,
la calcografía y, de ella la talla dulce con intervención
del buril, es la técnica más socorrida.
En la centuria siguiente la litografía alcanza su nota más
brillante, cuando aparece vinculada a una actividad productiva,
ya desde entonces emblemática, la tabaquería, sin
desconocer una cualidad de reseña visual que devuelve con
riqueza extraordinaria el encanto de aquella Habana.
La Revolución Francesa y las guerras napoleónicas
provocaron la llegada a Cuba de artistas galos, pues nuestro país
ya era conocido a través del Barón de Humboldt. Uno
de los primeros en llegar fue Hipólito Garneray en 1807,
así se inicia el movimiento más importante de la plástica
cubana como documento probatorio.
Ninguno de los grabadores que vinieron eran de primera fila y cosa
curiosa, todos eran buenos dibujantes y litógrafos, quizás
por tratarse de una técnica de reciente invención
por entonces. En los talleres habaneros los artistas acometen una
actividad extensa y variada, introducen tipos populares y a la vez
crean hermosas piezas con vistas citadinas y paisajes, de manera
que la representación adquiere niveles de permanencia incomparable;
hay empleo frecuente de la iluminación, aunque al uso de
colores llega a mediados del XIX.
El
primer impresor de quien se tienen noticias en La Habana fue el
flamenco de origen Juan Carlos Habré, cuyo taller se cree
funcionó entre los años 1707 y 1727. Más que
nada estuvo dedicado a la impresión y con tal oficio ha pasado
a la historia, más no es de dudar que tuviera conocimientos
de dibujo y estética en general.
También están incluidos como precursores Manuel Antonio
Parra y su hijo Antonio Parra, excelente grabador, y posteriormente,
Federico Mialhe, a quien se deben atractivas realizaciones litrografiadas
en La Habana por Luis Marquier, pertenecientes al álbum Isla
de Cuba.
Los trabajos de Mialhe se distinguen como escenas costumbristas,
que confirman el profundo dominio que él tenía del
dibujo académico y, especialmente, del claroscuro.
Es decir que estos artistas extranjeros aprovecharon su estancia
para agrupar imágenes ilustradas de la villa. Con mirada
precisa, pero sin renunciar a la creatividad, captaron el espíritu
de una ciudad animada por el quehacer cotidiano de sus habitantes,
e intentaron y lograron puntualizar de modo ingenioso los pormenores
de su entorno.
Como materiales anteriores se conservan las vistas de la Iglesia
de San Francisco de Asís (1764) y de la Plaza del Mercado
(1765) dibujadas por el ingeniero militar Elías Durnfort,
editadas en Londres por Edward Rooker. El dominio de las leyes de
la perspectiva y del dibujo arquitectónico apreciable en
esas piezas, junto a su valor histórico las convierte en
verdaderas joyas patrimoniales.
El
paisaje urbano, género sustancial del grabado en Cuba, no
menoscaba el que nos devuelve el ambiente rural, aunque resulta
una visión incomparable la que nos entrega el plano general
tomado desde la entrada del puerto habanero por Leonardo Barañano
y litografiada por Eduardo Laplante, muy conocido aquí y
en el extranjero por sus litografías para ilustrar en l857
el libro Los ingenios, de Justo Germán Cantero.
Sin el grabado no tendríamos la romántica imagen de
nuestra capital en su etapa colonial, ayer pequeña villa
limitada por una muralla y hoy ciudad pujante clasificada entre
las más bellas del mundo.
Por ANTONIETA CÉSAR con el nombre EL GRABADO RESEÑA
VISUAL.
Publicado por el Periódico Trabajadores.
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