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Esculpir
la gloria de su tiempo. El Escultor José Delarra.
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Por Aracelys Bedevia. Foto: José Robledo
Érase
un escultor que solía captar la imagen de las personas y llevarla
al barro, mientras establecía una conversación con ellas.
No necesitaba de un modelo inmóvil, atrapaba muy rápido
la expresión de sus rostros, los gestos, el movimiento de la
boca o del pelo, el mundo interior de sus personajes.
Apenas usaba palillos. Modelaba sobre todo con la yema de los dedos,
con tanta rapidez que era difícil definir el momento exacto
en que a ese pedazo de barro que amasaba le nacía una nariz
o una sonrisa.
De joven anduvo de plaza en plaza, haciéndoles fotografías
escultóricas a numerosos pobladores: al ciego, al violinista,
al hombre que se sentaba en la esquina de la acera.
Una hora le bastaba para terminar el "retrato". Y eran tantas
las personas que le rodeaban cuando trabajaba en las calles, que su
presencia llegó una vez a cerrar el tránsito y hubo
que pedirle ayuda para dispersar el tumulto.
A los 11 años -según narran sus familiares más
cercanos- hizo la primera escultura en el patio de su casa del Cerro:
ahí colocó al Martí que tanto amaba. Después
nacieron de su talento otras muchas cabezas: hombres y mujeres ilustres
de las artes, la ciencia y la historia.
Fue dueño del barro, el hierro, el hormigón, la madera,
el lienzo (adonde llevó gallos y caballos). En todo su quehacer
puso fuerza e ingenio. La huella de su presencia está en casi
toda Cuba y en otros países como México, España,
Japón, Angola y Uruguay, en los que dejó más
de 120 obras monumentales y de mediano formato.
De sus manos nació el Che de Santa Clara, monumentos al Generalísimo
Máximo Gómez y otros como el de Federico Engels, los
de José
Martí; así como el dedicado a las víctimas
del bombardeo atómico en Nagasaki, entre muchos.
A Isis y Leo, dos de sus hijos, poseedores ambos de una vasta experiencia
y prestigio como escultores y pintores, les enseñó que
antes de esculpir o pintar una figura, hay que conocer quién
es el personaje sobre el que va a trabajarse, sus características,
temperamento, carácter. De lo contrario -les decía-
lo que nace es "un muñecón vacío".
Y a Flor de Paz, la mayor, le inspiró a dibujar el mundo con
palabras.
José Ramón de Lázaro Bencomo se llamaba este
artista (fallecido hace menos de un año), o mejor, se llama,
porque como dice la poetisa Olga Navarro, "él es vida
y sigue presente entre nosotros". Todos lo conocían por
su seudónimo artístico: Delarra.
Así firmó la mayoría de las más de 1 500
obras que produjo entre esculturas, pinturas de caballete y mural,
dibujos, grabados, piezas de pequeño formato y cerámica.
Quiso representar a algunos de sus contemporáneos de la Cultura
y modeló sus cabezas en el estudio de La Habana Vieja, hoy
convertido en la galería Cabagallos. Abrazó con fuerza
la idea de recrearlos artísticamente y esculpió a Pablo
Armando Fernández, sobre un libro; a Olga Navarro, rodeada
de mar y caracoles; a Zaida del Río, con un pájaro en
la cabeza. También a Jesús
Orta Ruiz, Harold
Gramatges y Enrique Núñez Rodríguez.
Tomado de trabajo publicado por el Periódico
Juventud Rebelde el 24/03/04
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