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Agustín Cárdenas. Premio Nacional de Artes Plásticas compartido con Rita Longa, 1995.

Por Pedro de Oraá

Agustín CárdenasLa obra más significativa de Agustín Cárdenas está hecha en Europa. Puesto que allí ha transcurrido el ciclo de efectivo desarrollo de su vida profesional, de su capacidad creadora, es allí de donde dimana al mundo su escultura, pujante y cuantiosa, y el mundo lo reconoce también allí donde Cárdenas confiesa descubrirse a sí mismo, adquirir plena conciencia de su ancestro. Nuevamente, la perspectiva dada por la distancia y la extrañeza del ámbito adoptivo juega importante papel en la revelación de la identidad. No obstante, en las obras tempranas de Cárdenas, las realizadas en su etapa inicial habanera -madera dura, piedra de Capellanía, yeso patinado-, están ya los elementos y rasgos esenciales de su expresión, el fundamento de los recursos tropológicos característicos de su escultura que hallarán, una vez instalado en París, una evolución pronta y ascendente. Cárdenas está a salvo del manido padrinazgo “eurocentrista” tanto como de la obtusa banalidad del chauvinismo. Su arte tiene una progresión universal.

Obra de Agustín CárdenasEl conocimiento de esas piezas cubanas, compensa apenas la falta de noción de la ciclópea obra lograda por Cárdenas, sobremanera de la de Francia e Italia, y la ejecutada in situ durante los simposios internacionales de escultura en que ha participado. La presente muestra, apoyada por registros fotográficos de esa obra, puede servirnos para un primer acercamiento a ella. Impulsado por la necesidad de ampliar horizontes para su apetencia creadora, Cárdenas fue uno de los muchos artistas que protagonizaron el éxodo de los años cincuenta, y cuyo largo exilio ha convertido en desconocidos de las últimas generaciones. La mece parisina implicaba para todos ellos un riesgo de alta competencia, y pocos emergieron airosos de tan severa prueba. Nuestro escultor contaba a su favor, además de talento natural e inteligencia, la difícil experiencia del oficio, que exige fuerza, tenacidad, rigor, adquirida con su fiel dedicación en los talleres locales de sus maestros Casagrán y Sicre. En posesión del éxito, una de las cualidades que la crítica europea ha evidenciado en Cárdenas es la preservación de su integridad profesional de la tradición artesanal, singularmente de la talla directa, cuya práctica ha languidecido en la escultura contemporánea, reblandecida por el énfasis experimentalista de la utilización de medios perecederos o efímeros.

A propósito de ello, hemos dicho que la escultura de precario cultivo respecto de todas las otras artes, es la más resistente a la erosión del tiempo y por tanto aspira a mayor perpetuidad; la privilegia garantizar la memoria del hombre en aquello que le es más caro: su relación espiritual con el mundo y con el mismo.

Es la escultura, pues, el arte por excelencia del pasado, con un sedimento de significantes que provienen de las remotas edades, y asume la contemporaneidad sin renunciar a esas señales que constituyen el léxico fundamental y nutren su acción presente. En la conciliación de ambas instancias temporales, insertas en las formas, reside el acceso a la futuridad. Cárdenas ha titulado una pieza de 1989 Pasado y Presente. Deduzco que su íntimo conocimiento de la materia y forma, su clara intuición de esa particularidad histórica de la escultura, le ha conducido a plantearse ante el volumen, en toda su magnitud, el problema entre tradición y ruptura, herencia y modernidad, polos de la cultura en cuya resolución acusa el imprescindible valor de lo atávico -esa determinante etnocultura que en arte ha generado lamentables casos de impostura-, de lo cual Cárdenas tiene una conciencia desembarazada: no puede sustraerse a su identidad inmemorial porque integra su condición de hombre contemporáneo y se suma a su ejercicio de la cultura como totalidad: el artista ve en fin reducida la dual historicidad de la escultura en la fisión de sus proyecciones material y argumental. Percibe el argumento de su reminiscencia, cuando no en su carácter pretextual, para exaltar la materia escultórica, potenciarla. Da a la escultura su máximo estadio expresivo, le restituye su libertad original y lo que es: forma. De ahí su magistral solución de síntesis de lo hecho (la memoria) con lo nuevo. Cárdenas ha devenido un extraordinario e infatigable creador de formas.

Podemos distinguir en la obra del escultor cubano, tentativamente, tres grandes períodos: el que comprende su despegue en La Habana -es decir, cuando ya mostraba sello de originalidad, una manera de hacer propia, exceptuando las piezas de iniciación, de excelente factura, bajo la impronta formal de Bernard Reder, cuya influencia en la joven escultura insular la sacudiría beneficiosamente de la rémora académica-; hasta su arribo y permanencia en París, donde prolongará durante años el uso recurrente de la madera. Este período se caracteriza por la morfología totémica y abarcaría de 1951 a 1964. El segundo -de 1965 hacia 1982 -, lo determina la aparición del mármol y otros sólidos duros como el granito y el basalto; el escultor se desplaza frecuentemente a Carrara para escoger y cincelar los bloques directamente de las canteras; está en plena madurez: es el período más pródigo y diverso, las formas alcanzan una mayor abstracción y pureza, suscitan junto a su refinada connotación poética ese impulso activo y hedonista de palpar la superficie además de observarla. La lección de Arp, Moore y Brancusi ha sido renovada. El tercer y actual período -desde 1983-; lo señala la entrada del bronce: no significa que el escultor lo emprenda tardíamente; es un medio reproductor al que ya ha acudido mucho antes pero ahora intensifica su recurso; con él reedita piezas superadas adjudicándole nuevo brío, pero el aspecto más relevante de esta fase es la retoma de conceptos adscriptos a la primera época -pienso en La femme au chewing-gum, de 1951-, sutilmente ligados a las formas vigentes; Cárdenas parece en posesión de una nueva síntesis; la escultura tiende a otro figurativismo, más grácil e incluso dotado de un humor amable, un abordaje tropológico que indica temas de intimidad humana y cotidiana, para lo cual cesan el monumentalismo y el hieratismo pasados, por una corporeidad de mesurada dimensión, angulosa aunque bruñida, grata a la mirada. Es la serenidad inmediata al clímax de las formas contundentes y sensuales. Es la filosofía del recuento.


Cortesía del Consejo Nacional de las Artes Plástica

Ver más información en Premios Nacionales. Consejo Nacional de Artes Plásticas




 

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